Vengué su memoria

Vengué su memoria


Vengué su memoria

No me hubiera imaginado que costara tan poco esfuerzo acabar con la vida de un hombre. Estoy contemplando el cuerpo inerte del General Juan Augusto Domínguez y aún no soy consciente del crimen que acabo de cometer. La sangre comienza a formar un reguero bastante escandaloso. Tras varios segundos de vacilación, me dispongo a huir despavorido del inhóspito callejón en el que me encuentro. Sé que es una decisión cobarde, pero he cumplido mi objetivo. ¡Ese viejo cabrón ha pagado por las tropelías que cometió durante tanto tiempo!

El cielo está estrellado y los personajes que habitan la noche en Valleluenga, tiritan abandonados a su suerte. Las farolas alumbran de forma tenue mis pasos mientras intento decidir hacia dónde ir. Por las calles sólo se oyen las voces de algunos bares que están a punto de cerrar y el lamento de algunas prostitutas que tratan de hacer su trabajo sin pensar ni sentir demasiado para no lastimarse el alma. Intento adecentar mi ropa porque cualquiera que me viera, dudaría de mi estado. Son cuestiones de asesino primerizo. Juro que si tengo que defender la memoria de mi familia en otra ocasión, me andaré con más cuidado.

Llego a la estación de trenes. La mejor idea será volver al pueblo. Allí podré refugiarme y ver al abuelo. Así le contaré lo sucedido aunque no me escuche y sea demasiado tarde. Seguro que estará orgulloso de mí y me comprenderá. Siempre lo hacía hasta sus últimos momentos. Todavía recuerdo con admiración como una mañana de campo, hace mucho tiempo, entre confesiones que iban y que venían, me descubrió un secreto de nuestra familia que me dejó helado y sin respuesta alguna.

Era verano, estaba de vacaciones y, como tantas otras veces, me había dispuesto a matar el aburrimiento, acompañando a mi abuelo en su rutinario trabajo del campo. Estaba acostumbrado a ello porque me crié entre cultivos y vacas pastando en aquél pequeño terreno en las montañas del norte de la provincia de Canchal. Aquel día después de haber recogido los cuatro calderos de patatas restantes de la cosecha, mi abuelo comenzó a encender el pequeño horno que había comprado para poder comer en el tendejón los días de calor.

– Jaime, ven a comer, corre. Pero límpiate antes esa cara, que la tienes llena de barro. ¿Dónde te habrás metido? – se dirigió a mí mientras se disponía a calentar la comida que mi madre nos había preparado el día anterior.

– Ya estoy. ¿Qué tenemos para comer? – le respondí.

– Son sobras de la cena de ayer. Tu madre nos ha dejado también plátanos. ¿Te gustan?

– Sí, claro.- dije sin mucha convicción.

Tras unos momentos de silencio cómplice, mi abuelo no dudó en comenzar lo que iba a ser una conversación difícil de olvidar.

– Jaime, ya tendrás alguna muchacha que te guste en el colegio, ¿o no? Ya estás en edad de ello.

– Abuelo, no quiero hablar de eso. Me da vergüenza. – le repliqué sin poder disimular mi incomodidad.

– Aprovecha ahora que puedes, hijo. Espero que no te pase lo mismo que a mí. Perdí al amor de mi vida por no ser valiente. Cada vez que lo pienso… – balbuceó mientras unas tímidas lágrimas comenzaron a aparecer en sus ojos.

– ¿Por qué lloras, abuelo? – fue lo único que me atreví a decir en aquel momento tan tenso. Aquel hombre, que siempre había sido una referencia en comportamiento para mí, se encontraba a mi lado como un bebé desamparado.

– La verdad es que ya eres un hombrecito. Tienes edad suficiente para entenderlo todo. ¿Te conté alguna vez por qué no conociste a tu abuela?

– Estuvo enferma después que naciera mamá, ¿no?

– Eso es lo que le conté a la gente del pueblo, pero no es del todo verdad. Creo que ya va siendo hora de que conozcas lo que pasó.- me dijo mientras dejaba a un lado los restos de la comida y los bártulos que acabábamos de utilizar.

– ¿De qué me hablas, abuelo?

– Hoy vas a saber una historia que ocurrió ya hace mucho tiempo. Fue una mala época y nadie en la familia la hemos podido superar. Pero todavía creo en el destino. Alguien vengará la memoria de los que murieron…- replicó mi abuelo mientras su rabia iba surgiendo a borbotones.

– ¿Te refieres a la abuela?- le contesté extrañado.

– Sí, pero déjame contarte toda la historia antes. Sabes que, hace cuarenta años, estaba casado y feliz junto a tu abuela. Vivíamos en una casa pequeña y, mientras yo trabajaba de capataz en las obras del pantano de Canchal, tu abuela era capaz de sacar a tu madre y a tu tía adelante desde bien pequeñas. El pueblo, por aquel entonces, estaba gobernado por el cacique Domínguez. Era uno de los hombres fuertes de Franco y nos tenía a todos atemorizados. La cuestión es que a este sujeto le gustaban mucho las muchachas del pueblo. En especial, adoraba a tu abuela. Todavía la recuerdo como si estuviese aquí a mi lado… rubia, ojos azules y tan buen carácter… Pues resulta que hizo lo posible por conseguir su amor e, incluso, su cuerpo. La cortejó hasta el infinito y cuando ella le dijo que estaba comprometida conmigo, fue el principio del fin. ¡Ese tipejo ha sido incapaz de reconocer en su vida que es un enano sin alma! La cuestión llegó a extremos insospechados. Me minusvaloraba de forma continua en el trabajo y consiguió aislarme de los que me rodeaban. Un día me amenazó sin miramientos…

– ¡Tú, moreno! Más vale que vayas olvidándote de tu mujer. Ayer me dijo que eras muy poco hombre para ella mientras estábamos en la cama…

Sus acólitos le rieron la gracia mientras yo me quedaba con cara de imbécil y con la sensación de que, tarde o temprano, alguien debería darle su merecido a aquel sinvergüenza.

– Pero seguro que la abuela no le haría ningún caso.- afirmé con ganas de conocer más detalles de aquella historia.

– Ella sí que no le prestó atención pero, un día, mientras paseaba de vuelta a casa con su mejor amiga Remedios ocurrió algo atroz. El cacique estaba acompañado de su grupo de amigos, esperando que la abuela llegara. Cuando la vieron, la rodearon y se la llevaron en volandas. Consiguieron escapar pese a que la pobre Remedios fue sollozando hasta que contó en su casa lo sucedido. Nadie se atrevió a decirme nada. Las horas pasaron y tu abuela no llegaba. Avisé a los guardias y no quisieron darme ninguna respuesta.

– Lo siento tanto señor, pero no podemos decirle nada. ¡Nos jugamos el puesto y el pellejo! En este pueblo manda la ley del silencio.- me contestó uno de aquellos jóvenes picoletos recién llegados.

– A la mañana siguiente, todos los vecinos del pueblo conocieron lo ocurrido. Benjamina Martínez, tu abuela, mi amante, mi compañera de vida, la mujer con la que me juré amor eterno, había sido encontrada muerta y abandonada en maneras violentas y muy poco decorosas en un recóndito lugar cerca del río Henar. No tardaron en venir los amigos de Domínguez a verme. Quisieron taparme la boca con puestos de trabajo lejos de Canchal pero tuvieron que pelear bien duro. Al final, decidí quedarme. Mi vida estaba en este pueblo. Intenté hacerme el fuerte y el tiempo fue pasando. Ahora una vez que ha pasado un tiempo, Jaime, hijo mío, sólo te pido dos cosas en esta vida…

– Dime, abuelo.- le respondí mientras trataba de procesar la información que me acababa de dar.

– Júrame que como homenaje a tu abuela, pondrás de nombre a tu primer hijo Benjamín. Siempre quiso tener un niño para que heredara este terreno.

– Dalo por hecho, abuelo. ¿Y la segunda?

– Si alguna vez en tu vida te cruzas con Domínguez o con alguien de su familia, no dudes en levantar bien la cabeza cuando pases a su lado y en honrar la memoria de tu abuela. Todos los desgraciados como él merecen su condena y te aseguro que no me iré a la tumba en paz mientras este personaje siga pululando en libertad.

Y sí, el destino nos cruzó. Se puede considerar como una casualidad de la vida. La familia de este desgraciado le internó en el centro de día donde he trabajado hasta el mismo día de hoy. Juan Augusto Domínguez de ochenta y seis años, rezaba la ficha de datos que me dieron en el momento de su ingreso.

– Atento, chaval. Éste era un gerifalte hace años. Ya te puedes esmerar con él. Paga una pasta por estar aquí.- dijo mi supervisora mientras se dirigía hacia mí con un desdén evidente.

En el centro le he tomado la medida. De forma rutinaria, he conocido sus puntos débiles, he escuchado sus batallitas de juventud, le he podido curar sus heridas físicas y he compartido con él sus miedos más internos. Pero su fuerza de hombre poderoso de antaño se ha quedado en nada, cuando le he sedado mientras dormía la siesta. Justo después, para que nadie me viera, le he disparado en el callejón inhóspito en el que ha comenzado mi huida. He cumplido sólo uno de los deseos que me encomendó mi abuelo en aquella mañana luminosa de verano. Se lo debía por tantas horas de complicidad conjunta.

Ahora me dispongo a coger el último tren de la noche hasta Canchal. Mañana ya estaré delante de su tumba y se lo contaré todo. Estará orgullosísimo de mí o eso creo. Voy recitando en voz baja las palabras que le diré…

– ¡Abuelo, si le hubieras visto, temblaba como un perrillo muerto cuando le maté! He conseguido uno de tus sueños. Lo del hijo lo veo más difícil, porque ahora seguro que me están buscando y me llevarán a la cárcel… pero, lo más importante, abuelo,… ¿estás orgulloso de mi?

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