Una vida en el recuerdo

Una vida en el recuerdo


Una vida en el recuerdo

¡Qué razón tienen los que piensan que las despedidas no siempre son fáciles! Te acostumbras a convivir con alguien durante toda tu vida y, de repente, se despide como quién no quiere la cosa. ¡Un horror, mire usted! Pero, en este caso, mi corazón me inunda con una pena infinita y, por otra parte respiro aliviada. Sé que es ilógico pero todavía no soy capaz de encontrar la razón por la que siento todo esto. Dice usted que quiere saber lo que pasó. ¡Uy! No tendría tiempo hoy para comenzar a contar todo, pero si no tiene nada mejor que hacer, se lo puedo contar ahora mismo.

Fui una chica joven bastante apañada. Me cortejaron unos cuantos hombres. Los hubo altos, altos y bien guapos, altos, bien guapos y con posibles… En fin, podría haber sido una mujer de la alta sociedad y me quedé en una costurera remendona. De esas que trabajaban de sol a sol en un pequeño estudio con un montón de compañeras.  Sé que podía haber alcanzado mi sueño dorado que era el de triunfar como cantante con haberme rebelado en contra de todos. Parece una broma pero sí. Canto muy bien oiga. Que queda mal que lo diga una misma, pero llegué a cantar con aquellos, ya no recuerdo como se llamaban, de la canción… Espérese que se la canto un poquito:

Siempre, quiéreme siempre,

Tanto como yo a ti

Nunca, nunca me olvides

Dime, dime que sí…

¿A qué es bonita? ¿Cómo dice? ¡Ay, sí! Los Cinco Latinos se llamaban. Pues estuve con ellos como le he dicho. Conseguí salir de la espiral de encargos de trajes para los generales de la ciudad cuando una de las clientas de mi estudio, me escuchó entonar mi repertorio. Mientras mis compañeras comenzaban a animarme con francas sonrisas, la clienta estaba hablando con la modista jefe. Enseguida me logró convencerme. Era algo tentador y no pude rechazarlo.

Viví en los camerinos de algunos de los mejores teatros de la ciudad mi mejor época. Era feliz entre vestidos de mil colores y maquillajes. El mejor día, sin duda, fue cuando me dieron la primera oportunidad. Los nervios me atenazaban pero fui capaz de tener confianza. Sustituía a la actriz principal en el musical estrella de la temporada. La misma persona que me escuchó en el estudio de costura de doña Virtudes me estaba ayudando a vestirme.

– Ánimo, Reina. Lo tienes todo para conquistar. Y el vestido es ideal, ¿a qué sí?- me acarició intentando darme ánimos.

El negro del vestido me estilizaba la figura, me sentía segura, sólo me quedaba triunfar. El público me aplaudió a rabiar.

Pero mi Cándido me dejó continuar, me pegó y me pegó con ganas y tuve miedo. Esa fue la primera vez que vi la furia en sus ojos. Nunca le había visto así. Ahora recuerdo que me enamoraron no sus formas y su fuerza y no le voy a contar más porque una tiene sus valores y no voy a hablarle de las intimidades. ¡Faltaría más! Me dijo que una cosa era que me entretuviera arreglando trajes para las mujeres más frescas del país aunque no le hiciera gracia. Pero que era muy distinto el lucirme como una de ellas. ¡No! Se confunde, mire usted. Los hombres como mi marido estaban chapados a la antigua y mi Cándido llegaba a tratarme como la reina más afortunada del mundo.

Pues como le iba diciendo, mi Cándido escondía un carácter que para qué. Después de casarnos, me controló sin medida. Ni salidas, ni trabajos y tuvo grandes reservas para que viera a mis amigas y conocidas. Era suya y tenía que servirle. Me sentí fatal porque echaba mucho de menos la vida del espectáculo pero cada vez que me invitaban a algún estreno, se cerraba en banda. Ni siquiera aceptó que el ministro Serrano Súñer declarara en privado que cada vez que me escuchaba cantar, se sentía en otra dimensión.

Otra vez que casi sentí que me moría fue cuando le pedía conocer otros lugares de fuera de nuestra ciudad. Siempre fui una mujer con inquietudes pero me lo negaba en todas las ocasiones que se lo pedía, me lo negaba con fuerza, me lo negaba con una mirada que me dejaba atónita, me lo negaba siempre… Desde ese momento, decidí dejarme llevar. La sociedad quería esta situación, mi familia lo apoyaba. ¡Qué le iba yo a hacer! Intenté llevar como pude las idas y venidas de mi Cándido al bar y de cómo me echaba en cara los, según él,  devaneos con otros hombres. Pero, ¡pobrecito mío! Al segundo se arrepentía y me llenaba de halagos. Me dio los dos hijos más maravillosos que pude desear. Tuve que sacarlos adelante como pude pero me doy por satisfecha con cómo están ahora.

¿Que si me da pena perderle? Claro que sí, mire usted. Su final no fue del todo bueno. La verdad es que no se lo desearía ni a mi peor enemigo. Y es que le cambió el carácter con la enfermedad. Se convirtió en un niño pequeño que necesitaba cuidado continuo, cariño y mimos. Por eso, no hay duda de que las mujeres de todas las épocas por muy apaleadas que hayamos estado, tenemos un sexto sentido que es el de la maternidad y los cuidados. En el caso de mi Cándido, el bicho se le fue comiendo por dentro poquito a poco. Se consumió como una vela a la que ya no le quedaban fuerzas. Me lo decía todo con los ojillos. Y le perdoné, que quiere que le diga, me sentí bien. Luego, la verdad ya no recuerdo muy bien ni qué pasó después ni más tarde porque ya se encargaron de hacérmelo más fácil mis hijos que ya le he dicho que son un cielo la verdad.

No sé qué quiere que le cuente más. ¿Qué quiere que sigamos? No sé a quién le podría interesar la vida de una vieja antigualla como yo, la verdad. ¿Una novela? No tengo problema, pero cuéntelo todo bien. Mi Cándido era un poco especial pero, en el fondo, me quería. Todo el mundo tiene conflictos personales algunas veces, ¿no? Usted aproveche la vida, que se le ve joven, no le pase lo que a mí. Yo tuve que elegir entre cumplir con lo que se esperaba de mí o con lo que yo deseaba. Todavía dudo algunas veces si hice lo correcto o no.

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