Sobre mi descenso a los infiernos

Sobre mi descenso a los infiernos


Sobre mi descenso a los infiernos

Al final tuve que afrontar el día que jamás hubiera deseado. Era una mañana de color pardo que anunciaba la inmediatez del otoño venidero. Había llegado a dominar los destinos del pueblo de Valleluenga durante muchos años, tantos que ahora ya ni soy consciente de ello. Recuerdo que el salón de reuniones del Ayuntamiento estaba repleto de gente. Allí se concentraron mis enemigos, mis supuestos amigos y simples curiosos que querían ver la derrota del todopoderoso Miguel Reina.

-Enhorabuena al nuevo alcalde, Don Sebastián Valquézar. Desde este instante quiero brindarle el apoyo de mi grupo. Asimismo, agradezco a los vallelonguenses por la confianza con la que me he visto recompensado durante estos años.- comencé mi discurso de despedida de la alcaldía de Valleluenga.

¿Quiere que le cuente cómo llegué a esta situación? Antes de esto le voy a decir algunas cosas importantes sobre mi pasado… ¿No tiene inconveniente?… No, no me importa que me grabe… Pues, adelante no hay más que hablar. Quiero solucionar este embrollo lo antes posible. Así podrá entender lo que ha pasado mucho mejor.

Provengo de uno de los barrios más pudientes del pueblo, El Vendral. Mis vecinos tenían tanto dinero que muy poca gente era capaz de seguir ese vertiginoso ritmo de vida. Durante mi infancia me acostumbré a estar arropado por el sentimiento de camaradería que surge entre los chicos que poseen una clase social superior al resto.

En mi adolescencia conocí de manera más profunda los vicios y virtudes de la gente de este pueblo. Enseguida me convirtieron en un triunfador. Representante de alumnos, deportista de primera, participante en cualquier actividad que implicase despegarme de la muerte de mi madre y de la enfermedad de mi padre. En definitiva, una retahíla de cargos que me hicieron bastante popular. De ahí a verme involucrado en política distaron unos pocos años. Todavía recuerdo las primeras palabras de mi grupo de amigos. Me dijeron que la política era un buen lugar para encontrar trabajo, que el pueblo era un inmejorable comienzo para conseguir algo mejor. Al final, me dejé llevar. Estaba convencido de que había elegido bien. Pero mi mala cabeza me ha traído hasta aquí. Y bien que me arrepiento… Remarque eso bien en el artículo que luego la gente me va a culpar a mí nada más… ¿Qué si alguna vez fui tentado por intereses oscuros?… Claro, en aquella época, los alcaldes éramos el objetivo primordial de muchas empresas. Además, la zona de Valleluenga está muy bien comunicada con la capital. Las empresas más punteras se nos rifaban. De hecho, el desencadenante de este infierno fue una reunión que todavía recuerdo como si hubiera sucedido hoy mismo.

-Nos tiene que hacer este enorme favor, señor alcalde. Le necesitamos. No le va a costar nada. Recalifica los terrenos de El Espartagal y nosotros recompensamos a los cuatro pobres diablos que viven allí y bueno… Ya puede usted imaginar. Es un negocio seguro…- me trataba de embaucar el director general de una empresa que ya había rondado Valleluenga desde hacía años.

-No lo veo claro, señores. No he visto el proyecto del que tanto hablan ni sé cómo van a reaccionar los vecinos. Creo que me van a protestar y mucho. Además, las elecciones están cercanas y no estoy en mi mejor momento…- le repliqué sin mucho convencimiento.

Siguieron las presiones durante qué sé yo cuánto tiempo. Al final, cedí… Usted puede suponer las razones… No, no sentí ni una migaja de culpabilidad. Ya llevaba varios años soportando los azotes de una oposición vecinal cada vez más creciente. Por esas razones, me vengué. Tantos años de trabajo forzado y sólo recibí sinsabores, así que aquella era una manera de recibir algo a cambio… Claro que tomé precauciones. No se lo hice saber ni a los colaboradores de mi equipo. Tenía que ser un absoluto secreto. Lo que no sabía era que iba a ser el principio de una situación que me iba a traer multitud de quebraderos de cabeza.

Una aciaga mañana, tras salir de una reunión, me dispuse a coger mi coche para volver a comer a casa cuando me encontré con algo bastante desagradable, una pintada que inundaba por completo el capó. ¡Lo sabemos todo! – decía. Cuando la leí, no tuve más remedio que echarme a temblar.

Pasé tiempo sin saber qué hacer. Mi indecisión se acrecentó los problemas que estaban a punto de atormentarme. Los medios de comunicación locales publicaron las grabaciones de mi reunión con aquellos empresarios… Soy un inconsciente, lo sé. Tuve que haber hecho partícipe a alguien de mi equipo pero la avaricia me cegó… ¿Que qué le puedo contar de los días siguientes? No fueron fáciles, la verdad. El juez estuvo pendiente de mis actuaciones mucho tiempo pero finalmente fui inculpado tras el registro de las oficinas del Ayuntamiento. Vinieron unos ayudantes del juez, lo saquearon todo y, al final fui detenido.

Lo peor fue la reacción del pueblo. Aquel día tuve que ser escoltado a la salida del ayuntamiento. La gente estaba concentrada en la Plaza Mayor. Nunca había visto a tantas personas juntas en aquel lugar. Ni siquiera cuando nuestro club de fútbol ascendió a segunda división.

Los dos miembros de la policía me dijeron que tenía que dimitir. El magistrado dictaminó que mi futuro estaba más que decidido… Nunca he tenido un apego especial al poder, así que lo hice en cuanto me fue posible. Pero no era consciente de que mi vida terminaba. Me vacié de significado… ¿Que por qué?… Está claro, ¿no? Toda una vida dedicada a los demás; abrazando a niños pequeños en los mítines, prometiendo obras faraónicas que mantuvieran la fe de los vallelonguenses en mí y, por una debilidad, lo eché todo a perder. Incluso me entrevistó la indeseable de la tele. ¿Cómo se llama?… Eso es, Marga Ferré. Su hija es vecina mía desde hace más de cinco años y ni siquiera me acuerdo de su nombre. Sus preguntas fueron hirientes pero me mantuve impertérrito. No me quedaba más remedio.

A la mañana siguiente de mi despedida de la alcaldía tuve el juicio. Al final resultó una masacre. Encima, mi abogado era un novato que no pudo ni sostener medio argumento creíble. Desde ese momento, rompí relaciones con él. Era un miembro de mi grupo que acaba de sustituirme en mi puesto del Ayuntamiento. Un gañán que lleva más de tres años para intentar, por todos los medios, destruir mi carrera.

Por suerte o por desgracia, semanas después ingresé en la cárcel. Prevaricación y no sé cuántos más delitos. Era una retahíla muy larga que no llegué ni a retener en mi memoria… ¡Si yo no miento!… Ah bueno, algún pecadillo cometí, sí… Pero nada grave, no se vaya usted a desviar del tema… Pues no recuerdo más que las palabras de mi esposa. Esas sí que me dejaron preocupado. Comíamos en el reservado de uno de los mejores restaurantes de la zona.

—Me acabas de hundir la vida, Miguel. Ahora la gente del pueblo se me va a echar encima. A ti te encerrarán pero yo me quedo aquí aguantando lo que venga y ya sabes que van a perseguirme.— me contestó sollozando mientras se servía una copa de vino tinto.

—Cariño, se va a solucionar.— fue lo único que le pude decir sin evitar su mirada de desdén. Como no recibí respuesta por su parte, acabé por recluirme en mis propias ensoñaciones.

¿Lo de la cárcel?… Pues me recluyeron en una celda de un sector bastante aislado. Éramos unas diez personas. Evité el sector más conflictivo y eso me causó una tranquilidad muy necesaria para aquellos momentos. Mientras me dirigían hacia mi futura celda pude observar que las instalaciones no estaban nada mal. En un primer momento, ni vi a ninguno de mis compañeros. Pero, unos pasos más afronté una de las situaciones más sorprendentes de mi vida.

—Alcalde, ¡qué sorpresa verle por aquí! Al final nos encontramos todos. No se preocupe que no se está nada mal.— me replicó una cara que al principio no me resultó conocida.

Al cabo de unos segundos fui consciente de quién era aquel tipo. Volvió a mi mente aquella maldita reunión en la que comencé a vender mi alma y mi dignidad de político. Tuve que soportar un sudor frío que surcaba mi frente.

—Tenemos mucho de qué hablar, alcalde. Este lío ha sido igual que una mala película de terror…Además, no crea que hemos sido los únicos culpables. Tenga por seguro que la verdad acabará por salir a la luz.— me dijo con un gesto de complicidad al que no supe cómo responder.

Y después de este tiempo, aquí me tiene, en la calle, después de diez largos años de purgatorio. Ahora lo sé todo y estoy dispuesto a cualquier cosa. Ni me creí a aquel empresario embaucador ni a todos los que me rodearon. Encajé pruebas y declaraciones y puedo inculpar a mucha gente. Por esta razón, prefirieron encerrarme. Era una persona incómoda. Ahora soy consciente de quién está a mi lado y quién me ha engañado. Le reconozco que hay momentos en los que quiero tirar mi vida por la borda, pero cuando recibí la llamada de su periódico, me decidí a destapar todas las miserias de mi época de alcalde. Hay grandes implicados, ¿sabe usted?… Sí, claro. Hablo de gente del partido a nivel regional y comarcal. Vienen una vez cada cuatro años y nos tratan como verdaderos siervos que recogen voluntades para que ellos mantengan su puesto de trabajo… Estoy dispuesto a contarle todos los datos posibles para destapar esta basura. La gente tiene que saber las cosas de primera mano…Sí, venga cuando quiera… ¿Tienen mi teléfono, verdad? Aquí les espero.

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