Sherlock Holmes a escena

Sherlock Holmes a escena


51RKlgvTcHL._SX356_BO1,204,203,200_A continuación os dejo mi prólogo a Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos, obra de teatro desconocida del autor inglés Sir Arthur Conan Doyle, que ha sido editado este mes por el Grupo Editorial Sial-Pigmalión este mes de junio. Os recomiendo su lectura porque descubriréis a un Sherlock Holmes muy diferente a lo que estamos acostumbrados. Para aquellos que os queráis hacer con un ejemplar del libro os dejo un link de compra. Espero que os guste.

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SHERLOCK HOLMES A ESCENA

 

Es complejo presentar a una figura literaria de la talla de Sherlock Holmes, personaje clave de la obra del imprescindible novelista inglés Sir Arthur Conan Doyle. Al padre del investigador más famoso de Baker Street se le considera como uno de los precursores de las novelas de género policiaco. Por este motivo, y dado que durante el siglo XX el auge de este género literario ha sido espectacular, una cantidad inmensa de lectores y de estudiosos se han acercado a las historias de Conan Doyle. Parece que, a poco que conozcamos sus libros, no será muy probable que alguien pueda descubrir, a estas alturas, algún detalle novedoso sobre el que ha sido considerado como el investigador más importante de la literatura inglesa, ¿verdad? Pues, estimados lectores, debo advertirles de que no están en lo cierto.

Esta obra de teatro, que tienen ahora mismo entre las manos, viene a cubrir un vacío editorial incomprensible a todas luces. Nos encontramos ante un libro, totalmente desconocido en el mercado editorial español, debido a la ausencia de traducciones de calidad en nuestra lengua, desde su publicación en 1898. En “Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos” revisitaremos al habitante más conocido de Baker Street y a muchos otros personajes del universo literario de Conan Doyle. No obstante, en esta ocasión, los veremos, por primera vez, encima de un escenario teatral.

De cualquier forma, es posible que, en este momento, ustedes se estén preguntando, ¿por qué hemos tenido que esperar más de un siglo para poder disfrutar de esta obra traducida al español? Quizás esta situación haya tenido algo que ver con la feroz censura que sufrieron las novelas de Conan Doyle durante la época de la dictadura franquista. Según varios estudiosos de la recepción de autores extranjeros en aquella época, como Alberto Lázaro, especialista en literatura inglesa de los siglos XIX y XX, tanto las ideas religiosas de Conan Doyle como las tramas de las novelas protagonizadas por Sherlock Holmes fueron consideradas como perniciosas para la moral de la época. A pesar de todo, hoy en día, este dislate se va solventando gracias a la labor de magníficos traductores que nos están permitiendo conocer algunas de las obras menos conocidas de Conan Doyle, que complementan a la famosa saga de Sherlock Holmes.

“Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos”, la obra que ustedes están a punto de leer, surgió por pura necesidad. Corría el año 1893 y Sir Arthur Conan Doyle decidió matar a su personaje más conocido en la obra “El problema final”. No obstante, esta idea no tuvo un gran éxito. Al cabo de muy poco tiempo, Conan Doyle tuvo que recapacitar debido a varias razones. Por un lado, los seguidores de la saga de Holmes le demandaban más entregas de las aventuras del detective de Baker Street, y, por otro lado, la muerte de la mujer de Conan Doyle, debido a una larga enfermedad, le obligó al autor inglés a conseguir más ingresos para afrontar ciertos problemas familiares que se le avecinaban.

Por todos estos motivos, Doyle tuvo la idea de convertir las aventuras de su personaje más exitoso en una obra teatral. ¿Por qué no iba a funcionar este proyecto si sus novelas arrasaban entre los lectores ingleses de finales del siglo XIX y principios del siglo XX? La tarea no fue fácil. Después de escribir el primer guión, Conan Doyle se dispuso a ofrecerle el papel protagonista de la obra a varios actores, pero muchos lo rechazaron. Fue, tiempo más tarde, el productor teatral estadounidense Charles Frohman, el que, finalmente, se hizo con los derechos de la obra. Éste le pidió, a su vez, a Conan Doyle algunos cambios sustanciales en la obra para poder producirla definitivamente. Una vez que tuvo el consentimiento de Conan Doyle, Frohman le ofreció el papel de Sherlock Holmes a un actor de moda en aquella época, cuyo nombre debemos retener a partir de este momento: William Gillette.

El actor, director y dramaturgo estadounidense William Gillette fue el artífice real de la obra que tienen entre las manos hoy. Fue él quién creó a casi todo el conjunto de personajes que ustedes están a punto de conocer. De hecho, Gillette solo mantuvo a cuatro de los personajes originales de la obra de Conan Doyle: Sherlock Holmes, Moriarty, Watson y Billy. El resto de ellos surgieron de su propia imaginación, que aderezó con su más que sobrada experiencia como actor y como dramaturgo para poder llevar a escena, de la manera más adecuada posible, algunas de las tramas de las novelas más exitosas del novelista inglés.

Conan Doyle aceptó gustoso la propuesta del productor Charles Frohman, puesto que éste le dio las mejores referencias sobre Gillette. De hecho, había trabajado para él durante varios años. Incluso, desde el punto de vista literario, Gillette fue considerado como un dramaturgo de un muy alto nivel. Si se analizan algunas de las biografías más recientes de Conan Doyle, no se debe pasar por alto el hecho de que él mismo reconocía que algunas escenas más cautivadoras del género teatral de la literatura norteamericana fueron escritas por Gillette en obras como “Held by the enemy” o “Secret Service”.

En la primera versión de esta adaptación teatral, que tuvo como título “Sherlock Holmes or The strange case of Miss Faulkner”, Gillette utilizó elementos de las tramas de algunas de las principales novelas de Conan Doyle como “Escándalo en Bohemia”, “El problema final”, “Estudio en escarlata” o “El signo de los cuatro”. No obstante, el incendio que afectó al teatro Baldwin de San Francisco, lugar donde se encontraba el manuscrito en el que Gillette había estado trabajando, en 1898, hizo que desaparecieran tanto el guión que Conan Doyle le había entregado al productor Charles Frohman como la adaptación elaborada por el propio William Gillette. Éste tuvo que reescribir toda la pieza y logró terminarla después de un mes completo de trabajo. Fue, en este momento, cuando Gillette decidió que se titularía, de forma definitiva, “Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos”

Existen ciertas diferencias entre la serie de novelas de Sherlock Holmes escritas por Conan Doyle y esta adaptación teatral de William Gillette. La principal reside en la manera de describir el compartamiento y las actitudes del personaje principal, Sherlock Holmes. Mientras el novelista inglés lo retrató como una persona que se regía por la razón, y que era incapaz de demostrar sus sentimientos más primitivos, Gillete nos presenta a un Holmes valiente, sincero y directo en cuanto a la manera de hacer partícipe a los espectadores y a los lectores de sus reacciones. De hecho, el desenlace de “Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos” es una buena muestra de este nuevo perfil de Holmes que Gillette nos presenta. No obstante, este nuevo Sherlock Holmes de William Gillette sigue manteniendo el espíritu perspicaz con el que todos asociamos al investigador más famoso de Baker Street, pero lo reviste de una cierta pesadumbre que le está atormentando la vida. El Holmes de Gillette está cansado de su rutina y, para solventar su hastío, no encuentra mejor forma que utilizar cualquier tipo de droga que le permita sufrir menos y escapar de una realidad de la que se siente prisionero. Para ejemplificar este comportamiento, les adelanto que, en “Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos”, seremos partícipes de descarnadas escenas donde el propio investigador se inyecta droga en vena y, acto seguido, defiende su postura ante la vida, de forma muy vehemente, a pesar de los infructuosos intentos de protección del doctor Watson.

De cualquier forma, lo que les resultará más curioso a los lectores que se adentren en esta adaptación teatral, es que en esta obra hay ciertos elementos, introducidos, en realidad, por William Gillette, que habían sido aceptados por el público como parte del imaginario clásico creado por Conan Doyle. Se trata de pequeños detalles que, desde siempre, se han asociado a Sherlock Holmes como su vestuario, la pipa con la que fuma, la jeringuilla con la que se droga o su frase más conocida, “Elemental, querido Watson”, que fue utilizada, posteriormente, por el actor Clive Brook en la primera versión cinematográfica de “Sherlock Holmes”. Cabe destacar, por cierto, que esta película muda fue rodada en 1916 y, durante décadas, se le perdió la pista. No fue, hasta 1914, cuando se volviera a tener noticias de esta cinta por su descubrimiento en un archivo cinematográfico de París en octubre del año 2014.

“Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos” tuvo, desde sus primeras representaciones, un éxito arrollador en los escenarios de Estados Unidos y del Reino Unido, llegándose a estrenar en el Teatro Garrick de Broadway en 1899 o en el teatro Duke of York de Londres en 1901. Más tarde, se prepararon más versiones para países tan distintos como Australia, Suecia y Sudáfrica. Debido a este éxito, William Gillette obtuvo un reconocimiento mundial, llegando a representar esta obra la friolera de mil trescientas veces a lo largo de numerosos escenarios. Por este motivo, su carrera literaria y artística quedaría ligada, para siempre, a la de Sir Arthur Conan Doyle y a su personaje Sherlock Holmes.

Pero, realmente, ¿qué nos ofrece a los lectores de hoy en día esta adaptación teatral de Sherlock Holmes y qué la diferencia de las novelas que ya conocemos de Conan Doyle? No cabe duda de que nos encontramos con una obra en la que se entremezclan la perspicacia narrativa de Conan Doyle con la indudable destreza artística y dramatúrgica de William Gillette para trasladar la fuerza narrativa de un personaje tan famoso como Sherlock Holmes a un espacio tan complejo como es el de la sala de un teatro. Sin embargo, a pesar de que, en un primer momento, esta adaptación se llevara a cabo por meras razones económicas, guarda la esencia y el valor literario que se espera de una obra que será constantamente comparada a la saga de novelas creadas por Conan Doyle.

En “Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos” encontraremos a una serie de personajes que buscan desesperadamente un paquete con unos documentos, que, supuestamente, comprometen a un miembro de la alta clase londinense, y que están en posesión de Alice Faulkner. Según vamos leyendo, nos daremos cuenta de que la trama que se nos está relatando no es lo más importante. Estamos ante una obra que cuenta con un análisis psicológico muy detallado sobre unos personajes muy complejos, que se transforman por completo a lo largo de más de ciento veinte páginas. Cabe destacar, también, que los roles masculinos y femeninos de los personajes de esta obra cumplen con los estándares de lo que se espera de la época victoriana. Los hombres son poderosos y luchan de forma bravucona y, en general, poco reflexiva para conseguir sus objetivos. De cualquier forma, no logran vencer a Sherlock Holmes, puesto que, gracias a su inteligencia, a su capacidad de observación y a su infalible método de la deducción, el detective de Baker Street suele salir victorioso de las confrontaciones con sus rivales. En cambio, las mujeres de esta obra son personajes secundarios, en apariencia, pero llenos de fuerza y de poder de persuasión.

La práctica totalidad de los personajes de “Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos”, tanto hombres como mujeres, cumple con las características más comunes de las obras de género negro más clásico. Por un lado, nos encontramos a los personajes que respetan el orden establecido, que buscan la justicia y que se caracterizan por su bondad. Entre ellos cabe destacar al propio Sherlock Holmes y al doctor Watson, cuya relación de fraternidad y de protección mutua, está presente a lo largo de sus intervenciones en esta obra. Por otro lado, conoceremos a los personajes que encarnan el lado más malvado y que rivalizan con Holmes y Watson. Entre ellos destacan, por encima de todos, el profesor Moriarty y sus secuaces. Estos dos bandos lucharán a lo largo de los cuatro actos para conseguir su objetivo, que no es otro que adueñarse con el paquete de documentos que obra en poder de Alice Faulkner. De cualquier forma, el poder y el influjo del profesor Moriarty llega a ir mucho más allá de lo que se podría esperar en un simple villano. Este personaje llega a atemorizar a Sherlock Holmes, que, hasta donde nosotros lo conocemos, parecía comportarse como un ser valiente e invencible, pero, en realidad, no es así. Gillette, en esta obra, lo descubre como un personaje humano con flaquezas y miedos.

El contrapunto a los personajes de Holmes y Moriarty es Alice Faulkner. Ella es uno de los elementos más importantes de la obra y, a pesar de no tener intervenciones muy brillantes, es una de las principales protagonistas. Tanto Holmes como Moriarty quieren convencerla para atraerla hasta su terreno y utilizarla para sus propósitos. No obstante, ella se descubre como una mujer que, aunque comienza la obra siendo tachada de neurótica, acaba siendo la artífice del cambio de actitud del personaje de Holmes durante el último acto.

Es esta dicotomía entre el bien y el mal el tema más importante que está presente a lo largo de la práctica totalidad de los actos de esta obra. Sobre este asunto, gira la reflexión que Gillete y Holmes quisieron introducir, cada uno con su estilo literario propio, en esta obra. No dista de ser una idea más de todas las que podemos encontrar en el resto de las novelas policiacas de la época victoriana. De cualquier manera, en “Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos” también nos encontraremos con interesantes disquisiciones sobre el engaño, la fraternidad o el amor, hecho curioso en una obra que bebe tan directamente del género negro y que tiene un desenlace tan poco usual para los lectores de este tipo de libros.

Antes de concluir, habría que señalar también que uno de los principales problemas que se debió encontrar William Gillette a la hora de adaptar las novelas de Conan Doyle al teatro pudo ser la localización de los escenarios para cada uno de los actos. A Sherlock Holmes siempre se le asimila con el ambiente de la noche londinense y, este hecho complicaba la confección de los escenarios en los que se desarrollaría esta obra. No obstante, después de leer “Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos”, nos daremos cuenta de que William Gillette ha seguido manteniendo esa esencia del Londres lleno de neblina y de misterio que también retrató Conan Doyle a finales del siglo XIX. Asimismo, Gillette consigue una perfecta localización de los escenarios para los cuatro actos, gracias a unas descripciones muy reales de lugares subterráneos, peligrosos o decadentes, que obligarán a que los lectores o espectadores de esta obra comprendan los sentimientos de miedo o de emociones encontradas que sufren los propios personajes.

En definitiva, no me queda más que recomendarles con fervor la lectura de “Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos”. Disfrutarán de esta obra, tanto si son seguidores de las novelas de Conan Doyle como si son amantes del género teatral. William Gillette consiguió, en menos de ciento cincuenta páginas y cuatro actos , recoger el espíritu de las historias de Sherlock Holmes. Esta obra tiene muchos puntos fuertes a destacar: la cuidada descripción de las localizaciones, el perfilado análisis psicológico de los personajes, y su vertiginosa trama. De todas formas, quisiera darles un consejo muy importante antes de que comiencen a leer. Estén alerta y desconfíen de todos los personajes y de cualquier cosa que suceda. En “Sherlock Holmes: un drama en cuatro actos” nada es lo que parece.

GABRIEL NEILA

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