Radio Madrugada

Radio Madrugada


Radio Madrugada

No hay nada más agradable que una buena canción para olvidar una vida sin sentido. Además, una letra tan evocadora como la de No estás sola me hacía recordar un pasado en el que me encontraba cómodamente situado. Ahora, acabo de entrar en la cárcel. Quizás por mucho tiempo. Realmente, no soy consciente sobre cuándo acabará todo esto pero al menos ahora estoy tranquilo. Como tres veces al día y me puedo asear con frecuencia. Esto es mejor que nada.

Sigo escuchando esta canción en el pequeño transistor. Lo conseguí después de participar en el taller de radio la semana pasada. Es una forma de entretenerse bastante buena y me sirve para socializar un poco, que nunca se me ha dado del todo bien. Me dejaron la última hora de programación. No suelo tener mucha imaginación ni creatividad, así que normalmente acabo poniendo canciones mientras mis compañeros de sección cuentan su vida.

– Buenas noches amigos. Aquí os dejo un tema de uno de los grandes. Miguel Ríos. Creo que esta canción os acompañará un poco en esta noche tan gris. Por lo menos para mí es especial. Con vosotros, No estás sola.

No estás sola.

Alguien te ama en la ciudad.

No tengas miedo

Que la alborada llegará…

Fui recogiendo mis cosas para volver a la celda. Sin venir a cuento, me dio por acordarme de las noches de vuelta a casa. Escuchaba una cadena de música en la que siempre sonaba esta canción. Cadena 100 creo que era. Después de estar escuchando a imbéciles durante diez horas, lo que menos que podía hacer era relajar la mente. Este ritual lo volví a repetir incluso en el día que me despidieron del banco.

Fue entonces cuando toda mi vida se desmoronó. Se acabaron los coches último modelo, los trajes, la ropa cara, el colegio privado para los niños, el chalet en la sierra, la chica del servicio…

Entré a casa y todo el mundo estaba ya en la cama. Los niños ya habían hecho las tareas. Les di un beso en la frente. Fui directamente a la habitación mientras iba desnudándome. Clara estaba en la cama, durmiendo. Su camisón me hizo perder el control por unos momentos pero enseguida la tristeza me embargó. Era tan incapaz de afrontar la situación que comencé a llorar como un niño. Fue, en esos momentos, cuando deseé que viniera mi madre y me acunara. Pero tenía treinta y seis años y no pude decirle a mi familia que la vida a todo tren estaba a punto de desaparecer. Me sentí más sólo que nunca y dudé que todo ese escenario que había construido durante años, se pudiese desmoronar. Como en la película El Show de Truman, sólo me faltaba descubrir que todos mis amigos y familiares se destaparan como actores y se hubiesen estado aprovechando de mí…

No estás sola.

Te queremos confortar.

Sal al aire.

Cuéntanos de lo que vas…

La canción seguía sonando en mi cabeza. Al llegar me encontré con mi compañero de celda que miraba hacia el infinito.

– Paso de escucharte, loco. Son canciones de hace mil años. ¡Eres un viejo!- dijo con la prepotencia que da la juventud a un niño que parecía haberlo tenido todo.

– Esta canción es especial, nene. No deberías tomar a broma lo que te dicen los “abuelos”. Sabe más el perro por viejo que por diablo.

– Tú escondes algo y nadie se atreve a preguntarte. Llevo días con el “reconcome” de qué hace un tío como tú en la cárcel. No te va este mundo.- me preguntó, intentando congraciarse tras su brusca bienvenida.

– Me metí en un lío por no ser capaz de decir la verdad.- asentí intentando salvaguardar lo poco que quedaba de mi vida anterior.

– Debe ser algo chungo porque no sueltas nada. La gente ya empieza a hablar. ¿Sabes? Y no eres mal tío pero yo me canso de defenderte. Yo lo digo claramente. A mí me metieron aquí por las putas drogas. Eran trapicheos de mi novia. Te lo aseguro. Mi madre ya está contratándome un abogado. Yo no miento…

– Tranquilo, nunca suelo prejuzgar a la gente. Pero no hablemos de mi vida. Pon la radio que tienes ahí. Vamos a escuchar algo de lo que pasa fuera de estas cuatro putas paredes. Estoy harto de lamentos.- dije con un gesto paternal. La verdad es que me encontraba a gusto con aquel chico en la celda. Era alguien de confianza. Y eso que dicen que en la cárcel está la escoria de la sociedad.

Volvió a sonar No estás sola por casualidad. Mi compañero frunció el ceño pero le hice un gesto de reprobación con la mirada. Empezaba un programa de testimonios que tiene bastante éxito en la cárcel. Era Radio Madrugada. Un puñado de insomnes que llaman para contar cualquier historia y para pedir consejo. No era el mejor plan pero teníamos las horas muertas para escuchar lo que se nos pusiera por delante.

–  Ahí solamente llaman locos, tío. Yo me preocuparía de conocer a alguien que le pasen cosas como esas. – dijo mi compañero con gesto de verdadero asombro.

– La vida a veces te asombraría, no te creas. Además, ¿tienes algo mejor que hacer?

– Como quieras, voy a intentar escucharlo mientras me duermo.

La sintonía del programa me reconfortó pero me volvió a traer a la memoria el sentimiento de hombre desvalido que ya había sufrido semanas atrás.

– Buenas noches, queridos amigos. Hemos vuelto como siempre a hacerles la noche un poco más llevadera. Los problemas, como ya saben nuestros asiduos, son menos graves si se comparten con gente que les puede ayudar. Y para ello, sólo tienen que llamar a nuestro habitual número de teléfono donde podrán pasar en antena para contarnos lo que quieran. Bueno o malo…


La nana de la luna llena
tocaremos para ti,
y en tu cama el sueño bailará
flotará entre confidencias,
entre anónimas descargas
ven a radio madrugada
te sentirás mejor.

La voz de la locutora me hizo entrar en un agradable duermevela. Vi que mi compañero también estaba pendiente de la radio aunque se hacía el dormido. La noche es un idioma muy cruel para algunos. Seguro que escuchando las alegrías y penurias de los demás nos ayudaba a conciliar el sueño.

– Demos paso a nuestra primera oyente que viene de Madrid. Buenas noches. ¿Qué quieres compartir con nosotros?

– Buenas noches Gemma. No sé ni por dónde empezar. La verdad es que tampoco estoy segura de que alguien me pueda reconocer o no. ¡Dios mío, qué vergüenza!

– Estamos aquí para que te sientas bien. Tranquila.

– La verdad, Gemma, es que me aficioné a tu programa después de lo de mi marido. Y te llamo para eso… No busco consejo ni nada, solamente me quiero desahogar…

–  Pero ¿qué ha pasado?

–  El último año… mi marido…todo se me ha venido encima. Llevábamos una vida tan normal. Mi marido se iba a su banco a trabajar, yo en mi empresa. Los niños se criaban tan bien. Hasta que perdió la cabeza…

–  No sé qué le pasó pero luego descubrimos todo. Vino hace unas semanas muy tarde a casa. Acosté a los niños y yo muy poquito después también me dormí. Le noté raro muchas veces pero nunca podía imaginar algo así…

– ¿Qué pasó entonces?

–  ¡Le dijeron que le despedían de la empresa después de quince años y al venir a casa mató a nuestros hijos! Luego se entregó a la policía diciendo que era un asesino pero no han podido conseguir que soltara nada de lo que pasó ¡Así como se lo digo! Yo aún estoy con psicólogos. Si él es un hombre bueno, a mi me trató siempre bien.

– ¿Y dónde está él ahora, Clara? ¿En la cárcel?

–  Sí y lo peor es que quiero verlo pero mi familia no me lo permite. Quiero coger el toro por los cuernos y he pensado en llamaros. Sé que le ha pasado algo. Le conozco o eso creía… ¡Estoy destrozada Gemma!

No podía creer lo que estaba oyendo. Toda la celda comenzó a darme vueltas y lloré desconsoladamente. La radio seguía encendida pero ya no pude escuchar nada. Estaba fuera de mí.

–  ¡Tío, que va a venir el guardia!- dijo mi joven compañero cogiéndome por los hombros. ¡Cálmate! ¿Así que por esto estás aquí? Ya me imaginaba yo que algo raro ocurría…

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