Lo inesperado

Lo inesperado


LO INESPERADO

-Gabriel Neila-

2º clasificado en el V Certamen de Relatos de la Editorial Libros Mablaz

 

Llevaba mucho tiempo con ganas de un cambio de aires. Tras la ruptura con Laura y el escándalo sucedido en mi familia, no me quedó ni un minuto libre en el que no pensara sobre mi incierto futuro.

Nada más reunir el dinero que me hacía falta, elegí una ciudad para evadirme y pasar una larga temporada. Di una vuelta al globo terráqueo que aún sigo teniendo en la habitación y la fortuna señaló a un pequeño pueblo de la Costa Este: Ivars. Jamás había oído hablar de él, así que lo primero que hice fue abalanzarme hacia el ordenador para buscar algún dato, algún detalle, algo que pudiera calmar mis nervios.

Poco le puedo contar de las gestiones que vinieron después, señor doctor. Sólo sé que el tiempo ha pasado excesivamente rápido. Desde el comienzo la gente me miraba con recelo. Ahora lo entiendo. No era por envidia. Siempre tenemos en el punto de mira al nuevo que llega a un círculo social ya consolidado. En esta ocasión se podía oler el miedo en la gente de aquel lugar.

Recuerdo mis primeras impresiones cuando bajé del tren que me trajo desde Madrid. El inmenso bosque de pinos que rodeaba el pueblo no dejaba entrever nada halagüeño. Me sobrepuse a los temores con un optimismo fingido e inusual en mí.

─En cuanto establezcas una rutina, todo marchará bien. Has venido para terminar la novela. Eso es lo más importante ─pensé para tranquilizarme a mí mismo.

Lo primero era alquilar una casa. Nunca me ha gustado buscar cachivaches decorativos. Me aburren soberanamente las personas que basan su vida en discutir sobre como adornar una insulsa habitación. Me parece algo bastante inútil. Por estas razones, me decidí por una coqueta casa un poco apartada del centro del pueblo. Parecía tranquila, puesto que se encontraba justo enfrente de una residencia de ancianos. No era el vecindario más alegre del mundo, pero por lo menos me serviría para poder redactar los últimos capítulos de la novela en paz.

Durante los días previos a la mudanza me alojé en la única pensión de Ivars. La regentaba una rolliza mujerzuela que no dudó en agasajarme con las más variopintas comidas desde el primer momento.

─Tienes que comer, chaval. Si hubieras vivido como lo hicimos nosotros en la Guerra, ahora devorarías el cocido que te pongo en la mesa ─me dijo mientras trataba de acariciarme la mejilla como si fuera su propio hijo.

─Gracias, señora Matilde, pero ahora tengo que salir. He quedado con la chica de la agencia de pisos. Voy a pagar el primer plazo del alquiler de mi nueva casa. Así podré mudarme pronto.

─No me gusta nada ese sitio, chaval. Ten mucho cuidado porque… No, lo mejor es que no lo sepas. No te quiero influenciar ─me contestó con gesto contrariado.

Aquel detalle que me había dado doña Matilde consiguió ponerme en alerta. No obstante, después de mucho pensar, traté de no amedrentarme. La chica de la agencia estaba esperándome desde hacía mucho tiempo ya. Me vestí y me dispuse a salir a la calle, raudo y veloz. Las calles estaban casi desiertas. Solamente encontré sentados en el quicio de la puerta de un vetusto caserón cercano a mi casa a un grupo de ancianos que jugaban una partida de cartas.

─Disculpen. ¿Saben ustedes si está cerca de aquí el número ocho de la calle Desengaño? ─les pregunté interrumpiéndoles el juego y la conversación.

─¿Y tú para qué lo quieres saber? ─respondió el que parecía más decidido en el grupo.

─Está cerca de aquí, chico. Gira en la segunda bocacalle a la derecha y después camina unos quinientos metros todo recto. Allí encontrarás la calle Desengaño. No le hagas caso a éste. Vive obsesionado con esa maldita historia del… ─replicó el hombre que se encontraba a su izquierda.

─Shhh, ¡cállate! ─volvió a responder de manera más que imponente el primer hombre al que me había dirigido.

Proseguí mi camino tal y como me acababan de informar. Estaba claro que había algo raro en el ambiente, y la casa donde me iba a alojar era el epicentro de alguna historia extraña que la gente trataba de ocultar. Me lo tomé con filosofía. En los pueblos, se habla mucho y se crean rumores estrambóticos. En esta ocasión seguro que pasaría lo mismo.

Al cabo de unos minutos, llegué a la casa y ya se encontraba allí la agente que me iba a ayudar con los trámites del alquiler. Su apariencia no era de fiar. Sobre todo su mirada era oscura. Eso fue lo que se más se me quedó grabado a fuego. Era soberbia y despectiva y su vestuario no dejaba lugar a dudas. Tenía enfrente a una ejecutiva muy ambiciosa. Enseguida desplegó todos sus encantos para que no le opusiera ninguna resistencia. Sin quererlo actué como un corderito, no me quedaba otra salida.

Tras firmar todas las cláusulas del contrato de alquiler, se dispuso a enseñarme las estancias. Mientras íbamos paseando por la casa, no pude esconder mi curiosidad malsana.

─Disculpe, he oído por el pueblo algunas cosas sobre esta casa por las que me gustaría preguntarle. ¿Ha sucedido algo especial aquí? La gente me mira atemorizada cuando les digo que voy a ser el nuevo inquilino del número ocho de la calle Desengaño ─le pregunté sin disimular mi miedo.

─Ya sabe cómo son los pueblos, caballero. Le aseguro que no tiene nada que temer. A pesar de que haya pasado unos cuantos años deshabitada, esta casa es de lo mejorcito de Ivars ─me replicó con una sonrisa extraña.

Seguimos visitando los diferentes espacios de la casa, y dejamos, para concluir, la habitación principal. Mi acompañante llevaba con ella unas cuantas carpetas con el logotipo de su empresa. Se le cayeron al suelo estrepitosamente antes de disponerse a abrir la puerta de la que sería mi habitación durante todos estos meses. Me miró con un odio profundo en sus ojos. Se dirigió hacia mí con unas simples palabras:

─¡Qué extraño! ¡Qué puerta más pesada! ─dijo, mientras avanzaba cautelosamente─. Tras unos segundos fue capaz de abrirla.

─¡Dios mío! ─dije tras darme cuenta de que se había cerrado dando un sonoro golpe─. Me parece que no hay picaporte. ¡Estamos encerrados!

─Yo no, pero usted se queda aquí para siempre. De eso me encargo yo. ─dijo la muchacha entre sonoras carcajadas, al mismo tiempo que traspasaba la puerta y desaparecía sin dejar rastro.

 

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