La última voluntad de la perfecta anfitriona

La última voluntad de la perfecta anfitriona


La última voluntad de la perfecta anfitriona

La inesperada muerte de doña Amalia Martínez hacía presagiar la concurrencia que se iba a presentar en su velatorio para darle su último adiós. Todo el gentío recordaba que hizo de su tienda uno de los lugares preferidos de la sociedad desde hacía unas décadas. Su aspecto decadente no impedía que Amalia la mantuviera viva con su fuerza y empuje a pesar de no parecerse a aquellas empresarias pomposas que abundaban en la ciudad con las cuales no competía ni en físico ni en belleza. El Señor no le había llevado por ese camino, ¡en fin!

No dejó ni un día de levantarse y de abrir “La moderna”, la cafetería que regentaba. Allí paraba una audiencia a la que atendía con rapidez y presteza a pesar de ser una mujer rolliza, cuya simpatía borraba de todo modo con una simpatía a prueba de bombas.

Entre los muchos asiduos se encontraba Renato Sousa, sueño secreto de doña Amalia que a pesar de todo era una mujer con deseos carnales como cualquier persona. Y la verdad es que el chaval bien se lo merecía. Era un mulato alto, fuerte y bien simpático como todo brasileño que se precie. Y no se trataba de simples ideas preconcebidas puesto que doña Amalia había visitado aquel país en un crucero que cambió su vida. Fue allí donde conoció a Renato en medio de una pista de baile en donde el mismísimo Tito Puente cantaba uno de sus grandes éxitos. Un amor imposible, bien es cierto, porque ¿qué pintaban un buen mozo como aquel con una solterona aburrida como ella?

También frecuentaba el local la señora Carmen Quintana conocida como la escritora. Era todo un misterio para cualquiera que anduviera por allí aunque sólo doña Amalia fuera capaz de conocer algunos detalles de su vida privada. Su aire señorial y su trato soberbiamente educado le alejaban de cualquier persona mundana que pudiera molestarla.  Resultó que la escritora había sido embajadora en un país bastante lejano y que quería mantener su anonimato en aquella ciudad de provincias donde podía tener la suficiente tranquilidad para desarrollar la que iba a ser su primera novela con la que daría el salto a la intelectualidad. Sin embargo todos sus deseos enseguida se vieron quebrantados puesto que su belleza lánguida y su pelo largo y canoso le dieron fama entre todos los viudos de la zona que intentaron una y otra vez conquistar su corazón. Nunca lo consiguieron porque Carmen Quintana siempre era de la opinión que pasados los cincuenta lo mejor que podía hacer una mujer era ver la vida desde la barrera.

        Otra de las asiduas era Yolanda Rodríguez. Esta joven que casi siempre tomaba un café en la misma mesa durante los siete días a la semana, no solía levantar la cabeza del mismo libro, La melancólica muerte del Chico Ostra. A doña Amalia se le hacía imposible cómo una chica de su edad podía estropearse la cara con tanto maquillaje y su vida con ese comportamiento extraño. Miles de veces le dijo que saliera a la calle y que se buscara un buen novio ya que ella no lo podía hacer. Yolanda siempre le correspondía con el mismo gesto desganado pero complaciente como aquel que no quiere sentirse controlado pero mira con agrado que alguien se preocupe por él. Por lo menos doña Amalia no era como su madre que la criticaba allá donde fuera poniéndola en evidencia cuando la comparaba con su hermana Jimena. La mujer perfecta que había encontrado un chico guapo, fuerte y con dinero con el que pasar el resto de sus días y que trabajaba como secretaria en el bufete de abogados más conocido de la ciudad. No tenía un sueldo para echar cohetes pero tampoco pretendía ganar mucho más.

Y finalmente, otro de los fieles que habitaban las mesas del local “La moderna” era yo. Permítanme que me presente. Me llamo Félix Rubio y soy, como aquel que dice, un observador nato. El típico hombre en el cual las mujeres confían pero nunca llegan más allá.  Y bien que me hubiera gustado tener una mujer como Dios manda pero por la razón que fuera siempre me he visto recluido y obligado a cuidar a mi anciana madre. A pesar de esto, todos los días tenía como costumbre enfundarme mi boina francesa y mi bastón preferido para ir a tomar un café a la cafetería de doña Amanda. Ella siempre me trató con una gran amabilidad. Me consideraba como de su familia hasta el punto de que, incluso, me llegó a nombrar el heredero de todas sus pertenencias. Le llegué a decir que no lo podía aceptar y que si no tenía algún familiar al que cederle todo aquello. Ella siempre bajaba los ojos y seguía poniendo cafés con leche a los clientes o preparando la siguiente hornada de barras de pan mientras obviaba lo que le había dicho. Al final, acepté. No me digan qué me motivó a hacerlo pero di mi consentimiento y ahora la verdad no se qué hacer.

Como era algo previsible en toda reunión social, y aquel velatorio lo era claramente, todo el mundo se dividió en grupos afines con los cuales conversar. Fuimos todos los parroquianos de “La moderna” los que ya a últimas horas de la noche nos quedamos solos en la sala ante el féretro y la multitud de coronas de flores. Doña Amanda hubiera estado orgullosa de todo el trabajo que habíamos hecho. Sí, como lo oyen, todos los gastos y el trabajo que supuso movilizar y organizar a toda la gente de la ciudad fueron de todos los habituales de la cafetería. Fui llamándoles uno por uno después de que la policía me avisara de que los vecinos de doña Amalia la encontraran sin vida en su apartamento y aceptaron de buen grado aportar su granito de arena. Habían sido bastantes horas de convivencia mutua y, ¡qué diablos! a aquella mujer se le cogía cariño muy fácilmente.

–          Hay que ir cerrando el chiringo, papi. Debemos dejar descansar a la doñita.- dijo Renato en un alarde de sensatez puesto que llevábamos allí casi todo el día.

–          Si quieren, yo me encargo de llamar a unos cuantos coches de servicio mañana. Tengo un familiar que me debe algún favor y que nos podría hacer la vida más fácil. – añadió Carmen mientras asentía confirmando su apoyo a la propuesta de Renato.

–          Yo os dejo que me voy a dormir.- replicó con una cara de sueño aterradora la joven Yolanda.

–          Esperad, tengo que deciros algo.- les avisé temerosamente. Sé que debería haberos dicho antes pero tuve que guardar un secreto con Amanda.

–          No nos fastidies, papito, que ya es tarde. ¿Qué pasó esta vez?- dijo Renato con una mirada que no dejaba atisbo a la duda. Estaba bastante cansado.

–          Es algo importante, Renato. Sabéis que Amanda no tenía a nadie cercano y me nombró su heredero. Tengo todo los certificados y su testamento. Mañana si queréis lo vemos, pero siempre me dijo que quería que mantuviéramos abierta “La moderna”. Era su pasión y nosotros éramos su familia. ¿Qué opináis?

Unos pasos interrumpieron mi discurso e hicieron que todos volviéramos la cabeza hacia la escalera de caracol que llevaba desde la calle hacía el primer piso del velatorio que era donde nos encontrábamos. Apareció por la puerta un hombre moreno y de estatura alta. Llamaba la atención una cicatriz bastante llamativa que tenía en el mentón y que llevara las manos en los bolsillos.

–          Buenas noches a todos. Soy Sergio Gálvez. Soy el sobrino de la fallecida. Siento haber llegado tan tarde. Me han avisado hoy mismo y he cogido el primer vuelo que he podido para llegar.- dijo aquel hombre con una voz (realmente) cavernosa que nos sorprendió a todos.

–          Buenas noches, siéntese. – dije, levantándome para cederle mi asiento.

–          No se preocupe caballero. Sólo he venido para darle el último adiós a mi tía y para arreglar los papeles que sea correspondiente.

Todos mis compañeros volvieron la cabeza hacia mí. No era el mejor momento para ponerse a discutir sobre esos temas ni para darle a aquel hombre una noticia para la que no estaba preparado con total seguridad. Todos decidimos cerrar la habitación y quedamos en llegar al día siguiente a primera hora de la mañana.

–          Creo que mañana será otro día y que todos tendremos más fuerza para afrontar todo esto. Sin duda, será duro, así que, habrá que dormir algo.- dijo Carmen Quintana mientras se atusaba la cabellera.

Nos dispusimos a recoger nuestras pertenencias y mientras Renato se quedó delante del ataúd santiguándose para después apagar las luces, me ofrecí ante Sergio Gálvez.

–          Si no tiene alojamiento, tengo una habitación libre en mi casa. Le alojaré con todo gusto.- me dirigí hacia aquel hombre de porte con fingida hospitalidad.

–          Pues se lo agradezco mucho pero ya reservé habitación en el hotel más cercano a la plaza Mayor. Aunque es caro, no es un problema para mí. – replicó con un aire soberbio de no muy buen gusto que digamos.

Ese detalle me hizo dudar. La verdad es que la presencia de aquel hombre tambaleó todos nuestros planes. No me digan por qué pero me parecía que aquel hombre iba a complicar nuestra existencia y desde ese momento empecé a creer en que el interés hace aparecer amigos y familiares interesados hasta de debajo de las piedras. Confiaba plenamente en Renato, Carmen y en Yolanda y sé que ellos también en mí pero la mirada de aquel sobrino repentino de Amanda Martínez escondía algo y no iba a tardar en salir a la luz.

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