Imprevistos

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Imprevistos

¿Por qué esta mierda de armario me tiene que dar problemas en el peor de los momentos? No lo entiendo, la verdad. Tómalo con tranquilidad Marga. No tienes porque desquiciarte. Un simple toquecito y ya está… ¡Ay qué daño!, ¡mierda, ya me he hecho polvo la muñeca! Encima empiezo a sudar como una cerda y hoy tengo que estar perfecta. No perdamos los nervios, una patada y listos. No hay nada como las soluciones de toda la vida… ¡Dios, qué dolor! ¡Tampoco! ¿Pero por qué en un día como hoy? Tengo el corazón a mil por hora y no encuentro manera humana de abrir este puto armario. Si sólo necesito coger unas medias y el traje negro. Encima, ahora llaman al teléfono. ¡El que quiera algo que espere! Estoy en algo mucho más importante.

Ahora Daniel me está esperando en el nuevo restaurante tailandés que han abierto cerca de su casa. Un plan exótico para un hombre por el que me derrito con sólo decir su nombre. Su nombre suena a juventud y a fuerza vital. Justo lo que me hace falta después del desasosiego que pasé en mis últimos años con el innombrable. ¡Jesús, qué cruz de hombre! Me aburría tanto que dejé de cuidarme. Increíble pero cierto. Yo, la que siempre he intentado estar a la última sin importarme el dinero que gastaba en mi vestuario o en mis arreglillos. Y es que ahora una tiene que vivir, eso lo tengo más que claro que el agua.

Conocí a Daniel en la facultad en una de las clases que he impartido los últimos meses. Comencé a citarle en las tutorías para explicarle sus fallos a la hora de redactar su trabajo final de máster. No recuerdo ni el título ni el tema. Tampoco me importa. Fue verle entrar al despacho e inundarme un olor a fragancia irresistible. Le miré fijamente. Pelo moreno rizado, piel oscura, cuerpo fibroso y unos mínimos rasgos orientales que le daban un aire interesante y que me volvieron completamente loca. Sé que me comporté como una adolescente con las hormonas en plena ebullición pero me gustaría ver a cualquiera de las ridículas del departamento que se jactan de nivel de vida y de maridos preparadísimos, atractivísimos y todos los adjetivos superlativos con los que se pueda definir a cualquier persona. Esta oportunidad que se me presentaba ante mi cara era un regalo divino por tantos años de sopor.

¡Pero qué imbécil soy! Parezco boba. Me quedan diez minutos y sigo sin poder abrir este armario. ¡Quién me mandaría amueblar la casa de mi hija con saldos de IKEA! No hay que fiarse de los suecos, eso lo tengo claro. A ver si puedo abrir la cerradura con una radiografía. Lo he visto en algunas películas de televisión y en aquella serie…¡Macgyver! Eso es, sigue sin fallarme la memoria. Están en el cajón de la mesilla. Mis pisadas resuenan sobre el parqué recién pulido e inundan toda la casa. ¡Rápido, Marga! Tu niño te espera y no te puedes hacer esperar. Eso es de maleducadas. Ya la tengo. Vamos a intentarlo despacio, poco a poco. Aquí está el problema. Casi lo logras Marga. ¡Ay, que ahora tampoco puedo sacar la radiografía! ¡Se ha quedado pillada! ¡Mierda! Me están entrando unas ganas de llorar tremendas. Marga, contente. Si se te corre el rímel, puede ocurrir una catástrofe.

Resulta que hoy me llevará a su casa. Es un piso de universitarios pero hoy está solo. Me lo prometió. ¡Qué subidón de adrenalina! Después de probar comida con tantas especias, sé lo que pasará y me da igual. Es toda una aventura. Es el único hombre que tengo a mi alrededor que no me trata con condescendencia por mi edad. Puede ser que me esté engañando pero si lo hace, por lo menos, habré vivido al extremo por una vez en mi vida. Y es que a cualquier mujer a mi edad le gusta volver a sentir cosas ya olvidadas.

Lo dejo, soy una floja pero soy incapaz de abrir este endemoniado armario. Lo más importante es que tengo que llegar a tiempo. Me voy a morir de la vergüenza porque tendré que ir con lo primero que pille en el armario de la ropa de diario. ¡Con lo bien que me hubiera sentado el traje negro para estilizarme un poco el cuerpo! Se me va a notar en la cara. Maquillada pero con un traje de chaqueta comprado en la sección de oportunidades de El Corte Inglés. Intentaré superarlo como pueda.

Me visto a toda pastilla, cojo el bolso negro de Longchamp que tengo encima de la cama y bajo de forma atropellada las escaleras. Voy a llamar a un taxi y cuando me dispongo a subir, me suena el móvil. No será nada, pienso.

– A la calle Colmenares, por favor.- ordeno de forma airada al taxista.

– Eso está al lado de la calle Barquillo, ¿verdad?- me replica.

Le he debido de echar una mirada tan atroz a este pobre hombre que no ha sido capaz a decirme nada. El cielo de Madrid está encapotado y mi ánimo está tembloroso pero me tranquilizo pensando que si quiero comenzar a vivir, tengo que acostumbrarme a este tipo de sensaciones. Para tranquilizarme, saco el móvil del bolso para poder avisar a Daniel del retraso. Le pondré cualquier excusa. Me doy cuenta de que tengo un mensaje en el contestador. Es él:

– Cariño, lo siento mucho. Tengo un gripazo terrible y prefiero quedarme en casa. No quiero contagiarme. Te voy a echar tanto de menos esta noche. He llamado al restaurante y he cambiado la reserva. Así, por lo menos, la podrás aprovechar tú. Hablamos esta noche. Perdóname.

Cuelgo el teléfono sin saber qué hacer. Nada más puedo que comentarle al maltratado taxista que acabo de conocer:

– Tanto esfuerzo para nada. ¿Ha probado usted la comida tailandesa, amigo?

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