Escenas familiares, relato de Gabriel Neila publicado en la antología “Cuentos de Navidad” (Ed. Playa de Ákaba)

Escenas familiares, relato de Gabriel Neila publicado en la antología “Cuentos de Navidad” (Ed. Playa de Ákaba)


Unknown ¡Hola a tod@s!

Hoy os dejo un relato propio que ha sido publicado en la antología “Cuentos de Navidad” de la editorial Playa de Ákaba. Se titula “Escenas familiares”. Os recuerdo que podéis descargaros el libro en formato electrónico de forma gratuita desde la página web de la editorial. Allí podréis descubrir a otros muchos autores que están luchando en el mundo de la literatura. ¿Os animáis a leerlo? Os dejo el link de descarga para aquellos que os interese.

ENLACE DE DESCARGA GRATUITA DE LA ANTOLOGÍA “CUENTOS DE NAVIDAD” DE PLAYA DE ÁKABA

 

ESCENAS FAMILIARES

Recuerdo que, cuando era pequeña, mi madre me repitió una y mil veces que las mujeres debemos estar listas a la hora de recibir invitados en cualquier celebración. Ahora tacharían ese pensamiento de retrógrado, pero he de reconocer que la cara de felicidad que ponía, al vernos a toda la familia alrededor de una mesa, era mágica. Para ella, las fiestas como la Navidad eran la oportunidad perfecta para llenar su casa de personas a las que agasajar y, de esta manera, curar el vacío vital que sufría durante el año y que sobrellevaba con una cruel resignación.

Debió de ser muy duro para ella que mi hermano Javier y yo nos independizáramos a los dieciocho años. Fuimos muy precoces en el terreno sentimental y, por este motivo, no dudamos en salir de nuestra casa en cuanto tuvimos la oportunidad. El ambiente que reinaba en la familia no era agradable. La relación que mantuvo mi madre con nosotros siempre fue problemática, puesto que nunca aceptó nuestra rebeldía. Después vino la repentina muerte de mi padre, que la dejó sola y con un gran desconcierto. Su vida había perdido todo valor, puesto que era una mujer educada para cuidar de su marido y sus hijos.

Sin embargo, su triste semblante cambiaba cada año cuando llegaba la Navidad. Nos recibía a mi hermano Javier y a mí, a la vez que a nuestras respectivas parejas, para celebrar el reencuentro familiar como una perfecta anfitriona. Estas fiestas siempre me parecieron una estupidez porque nos obligan a aparentar durante unas cuantas semanas, pero, no me digan por qué, ahora las tornas han cambiado. Hoy estoy preparando la cena de Nochebuena con una ilusión paradójica. Mi madre ya se murió hace un par de años. Ahora me toca a mi seguir su tradición. Apuesto a que si me estuviera viendo en este momento, estaría muy orgullosa de mí.

Aún desconozco como he podido caer en los mismos hábitos que mi madre. Yo, que de joven era la más despegada y rebelde de la familia, me encuentro ahora adornando un abeto natural, que he comprado hoy, con mucho espumillón y bolas de colores de esas que venden en la tienda de los chinos de debajo de mi casa. He preparado la cena, cuidando hasta el más mínimo detalle, y espero con impaciencia que mi marido, mis hijos y yo nos reencontremos. No nos vemos mucho normalmente, así que, no pienso desaprovechar esta oportunidad.

Recapitulemos. Hoy vuelve a casa mi hijo Hugo, que viene a pasar unos días de vacaciones. Está estudiando en Estados Unidos. Me ha dicho que se trae a un amigo, así que tendré que poner un plato más. Le he echado mucho de menos durante este tiempo. Es tan rebelde como yo lo fui de joven. Por eso es el único que puede embaucarme para conseguir de mi lo que quiere. Es un zalamero incorregible. Cuando se siente a mi lado durante la cena, escucharé atenta las historias que me cuente de su vida en Washington. De todas formas, a pesar de que le sonría, estoy deseando que me diga, de una vez por todas, que va a volver a España. Odio que esté dando tumbos por ahí. Creo que necesita sentar la cabeza. Una novia y el cariño de su madre le harían cambiar esa actitud tan inmadura. Siempre he creído que va a ser un padre de familia estupendo. El tiempo me dará la razón.

Sigo abstraída en mis cosas. Mientras voy preparando el postre, veo que mi marido acaba de llegar. Hoy viene pronto. Está hablando por teléfono y parece nervioso. No se decide a entrar en casa. Me detengo unos minutos para vislumbrar su figura a través de la ventana. Hay que reconocer que sufre de una terrible vejez prematura. Cualquiera diría que tiene cuarenta y cinco años. Su cuerpo, antes musculoso, se ha convertido en un amasijo de grasa fofo y antiestético. ¡Y no será por la cantidad de veces que se lo he dicho! Su carácter tampoco es que haya mejorado. Ya no me presta tanta atención como cuando éramos novios. Rodrigo era cariñoso y siempre me tenía preparada alguna sorpresa que me pillaba desprevenida. Está entrando en casa, por fin. Voy a darle un beso, pero sigue hablando.

─Voy a llamar ahora mismo a la agencia para ver si puedo irme esta misma tarde ─comenta a su interlocutor de forma intranquila─. ¿Alguien te acompaña para organizarlo todo?

Ni siquiera se ha dirigido hacia mí. Está tan inmerso en su conversación que no se ha dado cuenta ni de que existo. Hoy no es un día para enfadarse, pero este desprecio me lo pagará caro. Pasan unos minutos. Creo que ya está libre. Voy a buscarle a la habitación con la intención de regañarle. Llora de forma tímida.

─Pero, ¿qué te ocurre, mi amor?

─Mamá se ha muerto ─me responde cubriéndose los ojos con las manos─. Me acaba de llamar mi hermana para contármelo, Marga. Tengo que irme. No voy a poder pasar la Nochebuena con vosotros. Ángeles está sola preparando el velatorio y el entierro. Debo ayudarla para recibir a la gente que va a venir. ¡Ay, la pobre! Ha sido tan repentino…

Por fin aquella maldita bruja desaparece de nuestras vidas. Por supuesto que no le puedo contar a Rodrigo lo que estoy pensando porque me mataría. No obstante, llega una edad en la vida de una mujer en la que debemos ser sinceras con nosotras mismas. Mi suegra convirtió mi noviazgo en un verdadero infierno y mi cuñada no fue de gran ayuda, la verdad. Desde que nos casamos, nunca me aceptaron en aquella familia. De todas formas, ahora tengo que ejercer de esposa y acompañar a Rodrigo en el sepelio.

─Pero, Rodrigo, los niños van a llegar en unas horas y no encontrarán a nadie en casa ─le replico alarmada─. ¿Voy contigo o los espero para ir al pueblo más tarde?

─Tranquila, Marga. Prefiero que te quedes aquí y después os marcháis juntos en el autobús de mañana por la tarde ─me contesta tratando de esbozar una sonrisa tranquilizadora.

Le abrazo y le doy un beso. No tengo mucho más que añadir a la conversación, así que le dejo que vaya preparando su equipaje. Viajar hasta el pueblo de mi marido no es un plan muy apetecible, pero, por lo menos, hoy podré cenar con mis hijos. Luego me acompañarán durante el trayecto. Necesito que no me dejen sola porque, en ese maldito lugar, todos me tienen una ojeriza incomprensible. De todas formas, pienso en las ventajas que traerá la ausencia de Rodrigo en la cena de hoy. Está obsesionado con charlar sobre política con nuestro yerno. Cada vez que mi hija y él vienen a vernos, la pelea está garantizada. Esta vez pasaremos una velada tranquila.

─Lo siento mucho, Marga ─me dice Rodrigo desde su habitación mientras coloca de manera pausada y eficaz su ropa en la maleta que reservamos para las ocasiones especiales─. Sé que preparas estas cosas con mucha ilusión, pero la vida está llena de imprevistos. He llamado al bufete para avisarles de que me voy a coger unas semanas libres. Ángeles y yo tendremos que decidir qué hacemos con la casa de mi madre.

─No te preocupes, cariño. Si necesitas algo, solo tienes que avisarme ─le replico de forma conciliadora.

Sigo atareada con los preparativos de esta noche. Debo quitar el plato de Rodrigo y reformular la colocación de la mesa. Quiero tenerlo todo bajo control. He sacado hasta la cubertería buena, la que me regaló mi hija Marta cuando nos mudamos al chalet. Ella es otra de las comensales a las que espero. A pesar de que nuestra relación nunca ha sido buena, la tengo un cariño especial. Hace un par de años que se fue de cooperante a África. Más tarde, en una de sus vueltas a España, nos presentó al que hoy es su esposo, Daniel. Aún no me acostumbro a que mi niña esté casada por lo civil y, por si esto fuera poco, con un negro. No es que tenga nada en contra de ellos, en absoluto. Lo que pasa es que yo siempre imaginé algo muy diferente para Marta. Mis deseos se fueron al traste muy pronto.

─Cariño, me marcho a la agencia ─me dice mi marido mientras viene a darme un beso de despedida─. Por lo visto queda un billete en el tren para las siete de la tarde. Llegaré al pueblo en dos horas. Te llamo por la noche.

No me da tiempo ni siquiera a responderle. Comprendo que esté triste y nervioso. Yo también me encontraba así cuando murió mi madre. No obstante, no quiero desconcentrarme. Ahora debo tener todo listo para mis invitados. Pasan unos cuantos minutos y, justo cuando estoy limpiando la mesa del salón, el ruido del teléfono me despierta de mi ensimismamiento.

─Mamá, soy Marta. ¿Qué tal?

─Bien hija, estoy aquí preparando la cena para esta noche ─le digo sin disimular mi emoción─. ¿A qué hora llegaréis? Lo digo por calentar la comida. Además, no sé si te ha llamado tu padre, pero…

─Mamá, ya sabes que hoy no cenamos en casa. ¡Si ya te lo había dicho hace tiempo, pero es que nunca me escuchas! ─me contesta dejándome el corazón hecho pedazos─. Daniel tiene que ir a trabajar esta madrugada y no quiero dejarle solo.

Marta me cuenta una de sus innumerables peripecias, pero no la escucho con atención. Tardo un par de minutos en colgarla. Me maldigo a mi misma porque he olvidado decirle que su abuela ha muerto. En cuanto me recupere, la llamaré. A su padre le perdono, pero a ella no. Ella bien sabe el trabajo que estoy haciendo para que pasemos un rato agradable todos juntos.

No obstante, estoy segura de que Hugo no me abandonará. Los chicos siempre tienen una relación muy especial con sus madres. Además, él lleva mucho tiempo lejos y querrá verme. Como viene con su amigo americano, podré practicar mi oxidado inglés. Desde mis años de universidad ya no he vuelto a usarlo. Quizás me resulte difícil, pero estoy segura de que conseguiré chapurrear alguna frase.

Son las tres de la tarde y no me ha dado tiempo ni a descansar. Durante la mañana he tenido demasiadas emociones. Por eso, me voy a sentar un rato para comer algo ligero. Hago un breve repaso mental sobre las cosas que me quedan por hacer. Me va a sobrar mucha comida. Tendré que llamar a las hermanitas de la iglesia, por si ellas la necesitan para los pobres. ¡Seguro que ellas la aprovechan mejor que yo! El ruido del timbre me vuelve a poner en alerta.

─Hugo, cariño, ¡qué sorpresa! ─le digo a mi hijo mientras me abalanzo a sus brazos─. ¿Cómo no nos has llamado para irte a recoger al aeropuerto?

─He llamado a papá y me ha contado lo de la abuela. Por eso hemos preferido no molestar ─me contesta con una mueca de pena en su rostro─. Por cierto, antes de nada, mamá, éste es Robert. Es el chico que te comenté. No habla mucho español, te aviso.

─¡Ay, pasad, pasad! ¡No os quedéis ahí fuera, que hace mucho frío! ─les digo con el encanto propio que me caracteriza─. Dile que me alegro mucho de que esté en España.

─Tranquila, mamá, después hablo con él.

Pasan unos minutos en los que trato de agradarlos con mis mejores modales. Enseño la casa al amigo de Hugo que no deja de sonreírme. ¡Qué muchacho tan agradable! Cuando nos sentamos en los sillones del salón, Hugo toma la iniciativa.

─Por cierto, antes de que organicemos el viaje al pueblo para el entierro de la abuela, quiero contarte algo ─me dice volviendo la cara hacia su amigo.

─Hijo, no me asustes. Llevo un día muy complicado como para que tú me cuentes otra mala noticia ─le contesto sin disimular mi incomodidad.

─No me voy a andar con rodeos, mamá ─me dice mientras su amigo le asiente─. Ya hace tiempo que os debería haber contado esto, pero nunca he encontrado el momento oportuno. Tampoco quiero esperar mucho más. Robert es mi novio.

Mantengo la compostura a duras penas. Delante de mis propias narices se está rompiendo otro de mi sueños de juventud. ¡Ya no podré ser la madrina perfecta en la boda de mi hijo! Tengo que aceptar sus decisiones, pero no me hace gracia lo que acaba de decirme. Una tiene sus ideas y es muy difícil que las abandone a los cuarenta años. Sigo hablando con Hugo, intentando aparentar felicidad. Él no duda en contarme donde se conocieron y lo bien que se llevan. Intento borrar de mi mente la imagen de derrota que se aparece ante mis ojos. Si mi madre me estuviera viendo, no dudaría en recriminar mi actitud.

─Mamá, me alegra que te hayas tomado tan bien lo de Robert ─me agradece Hugo dándome un abrazo─. Tenía mucho miedo de que no os gustara. Os aseguro que es el hombre de mi vida. Me trata fenomenal.

─Claro, hijo, sabes que, para papá y para mí, vuestra felicidad es lo primero ─le contesto para tranquilizarle─. Además, yo ya sabía que eras un chico muy especial y que encontrarías a alguien que te quisiera muy pronto.

Les dejo en el salón. Hugo no puede parar de sonreír mientras habla con Robert. Espero que cuando baje, no me los encuentre abrazados o besándose. Aún no estoy lista para eso. Me encierro en el baño y abro el grifo. Me miro al espejo y me veo fea y con arrugas. Los años pasan y ya no queda rastro de aquella jovencita con ilusiones que un día fui. Siempre pensé en convertirme en alguien muy diferente de quien soy ahora. No puedo evitar compararme con mi madre. Ella fue capaz de mantener una familia unida en circunstancias muy adversas. Yo no he podido hacerlo. Por lo menos tengo a Hugo y a Robert conmigo. No es la Nochebuena que yo hubiera soñado, pero bueno. Abro el armario y cojo una pastilla. Me vendrá bien para relajarme. Me espera una Navidad muy larga y dura.

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