El viaje definitivo

El viaje definitivo


El viaje definitivo

Mi buen amigo Daniel Chacón se marchó una mañana de agosto para buscar algo que había perdido aquí en Madrid, según sus propias palabras. En los últimos meses su carácter se volvió hosco y taciturno pero ninguno de sus allegados conseguimos  sacarle ni la más mínima palabra sobre el asunto. Era su secreto mejor guardado.

La noche anterior de su partida me pidió que si le podía recoger las cartas que le llegaran durante su viaje puesto que el resto de compañeros no le inspiraba demasiada confianza. Le observé detenidamente mientras recogía las últimas prendas de ropa en su maleta. Al finalizar, se miró en el espejo que más odiábamos y sólo encontró dudas y expectación. En toda la casa hubo un gran silencio, se oyeron sólo pequeños ruidos en una habitación vecina que pasaron a ser mucho más intensos. Eran las desventajas de compartir piso con desatados universitarios de primer año.

No paraba de repetir que aquel era su día esperado desde hacía años, el principio de su verdadera vida, su liberación. Tras una larga conversación, estuvimos recordando los momentos interminables que compartimos en el internado, las amargas tardes de estudio cuando se oía pasar, por las calles, a los chicos de los colegios de los alrededores que podían volver a su casa presumiblemente felices. Lo peor, sin duda, eran los despertares invernales en los dormitorios  donde se estancaban la pesadilla de la burla y la humillación. Ambos fuimos confidentes de esos que conocen hasta el más mínimo detalle de vital. Tanto fue así que ocurrieron algunas situaciones que durante algún tiempo, nos llegaron a incomodar, aunque nos fuimos acostumbrando poco a poco el uno al otro.

Ahora éramos, por fin, periodistas. Los dos conseguimos trabajo en una revista de actualidad política en la que servíamos de redactores y de chicos para todo. Hay que empezar por algún sitio, así que no debemos quejarnos.- Me ha repetido una y mil veces Daniel. Ahora todos aquellos días se acabaron para siempre. Ahora teníamos dinero suficiente para subsistir y para hacer otra vida lejos de la presión de familias adoptivas y de los castigos escolares.

Tras una larga y reparadora ducha, Daniel pasó sus últimos minutos en la casa. ¿Por qué no lograba sonreír mientras se despedía de mí? ¿Por qué daba vueltas por su habitación con inútil nerviosismo, sin conseguir encontrar el reloj, el cinturón y la gorra que se encontraban, sin embargo, en su sitio? Desde luego no se iba a un lugar cómodo o eso me parecía. ¿Por qué no le salían de la boca algunas palabras cariñosas y tranquilizadoras que me pudiesen calmar? Sobre mí pesaba una insistente idea, que no conseguía identificar. Era como un vago presentimiento de que algo malo iba a ocurrir, como si estuviera a punto de comenzar un viaje sin retorno.

Cuando le vi desaparecer por la puerta, no dudé en seguirle a una cierta distancia. Le apreciaba y le sigo apreciando tanto que tenía un miedo atroz a lo que pudiese hacer. Sé que, en los últimos meses, desde que llegó aquel chico alemán a la redacción, todo cambió por completo. Daniel siempre ha sido una persona muy difícil a la hora de poder saber lo que pensaba o sentía pero a mí no me puede engañar. Además, la salida de ese chico de la revista fue un poco traumática para todos.

Dejé pasar unos segundos y me fui tras él hacia el aeropuerto. La ciudad aún estaba inmersa en el sueño de la noche anterior. Por las calles, se abrían algunas persianas tras las cuales aparecieron caras cansadas con ojos apáticos que daban cuenta de que el día estaba a punto de comenzar.

Vi como Daniel se montó en un coche después de que un taxista fornido y de edad madura le depositase todas sus pertenencias en el maletero. Me escondí en el portal porque pude observar al instante que Daniel se dio la vuelta y miró hacia la fachada del piso con tristeza y lamento. No había tiempo que perder. Cogí el siguiente taxi que apareció justo después del suyo.

Durante el trayecto, no me dirigí hacia el conductor. Sólo pude decirle que no perdiera de vista al vehículo que llevaba unos metros más adelante. El hombre asintió y se dispuso a poner música para llenar aquel incómodo vacío. La típica canción de radio-fórmula que el locutor estaba presentando, me ayudó a concentrarme en mis pensamientos. Ni siquiera sabía con exactitud dónde me encontraba, ni cuánto camino quedaba por recorrer. Es lo malo de no tener carnet de conducir y de dirigirme a todas partes en transporte público. Mi única intención era salir de dudas sobre el destino de mi amigo.

Salimos de la ciudad a los pocos minutos. Comenzaron a agolparse los polígonos industriales que daban vida a las zonas más deprimidas de la región. Por  la carretera azotaba el sol, mientras que el taxi de Daniel y el mío circularon cada uno muy cerca del otro. Llegamos enseguida a la autopista de peaje. El tráfico estaba bastante fluido puesto que era el primer día del comienzo de las vacaciones para muchos trabajadores. En ese momento,  intenté recordar algo sobre la estancia del alemán que cambió el humor de mi amigo. La verdad es que fui incapaz de sacar nada en claro. Durante aquel periodo, nos separamos tanto que comencé a verle como un extraño. Podría ser, desde un asunto amoroso hasta algo que pudiera acarrear más peligro. No obstante, nunca tuve ninguna certeza. Sólo sé que dejaron de verse una noche en la que me encontré a Daniel magullado en el portal de nuestra casa. Tenía los ojos llorosos y balbuceaba algo en un idioma incomprensible.

Una vez que llegamos a la terminal cuatro del aeropuerto, una de las más odiadas por su dificultad de acceso, Daniel volvió a mirar la ciudad a contraluz. Yo sabía que él estaba completamente seguro de que no iba a verla otra vez  hasta que no encontrase lo que llevaba tiempo causándole el tormento que todos a su alrededor también sufrimos. Incluso, me llegó a afirmar que tenía la ilusión de que con ese viaje, todo volvería a ser como antes.

Bajé de mi taxi y pude escudriñar como se despedía del conductor mientras le dejaba un billete de propina. Pagué al mío y me dispuse a caminar varios metros detrás de él, a cierta distancia, mientras se dirigía al  mostrador de facturación. Cuando llegó, se encontró con un hombre de unos cuarenta o cincuenta años de aspecto germano, rubio, con un cuerpo bien ejercitado en el gimnasio, pero con un rostro bastante ajado. Se saludaron de manera educada y se intercambiaron algunas palabras. Ambos se dirigieron al mostrador de la compañía Lufthansa. El único vuelo que se marcaba en el panel se dirigía  a Hamburgo.  Todo comenzaba a cuadrar. Por eso, sentí miedo. Todas las imágenes de mi amigo durante los últimos meses de convivencia con aquel chico se me agolparon de repente en la cabeza.

De una forma repentina, perdí a los dos de vista. Maldije mi facilidad para perder la capacidad de concentración en breves segundos. Anduve dando vueltas por la zona de facturación pero tanto Daniel como su acompañante desaparecieron tan rápido que no fui capaz ni de darme cuenta.

Volví a casa puesto que ya no tenía nada que hacer allí. Estuvo dándome vueltas durante mi trayecto de vuelta toda esta historia que acabo de contar. De hecho, seguí con ella en la cabeza hasta que entré en la habitación de Daniel. Era su santuario y recuerdo que yo era una de las pocas personas a las que permitía entrar desde hace ya bastante tiempo. En la época del internado se refugiaba en el cuarto para aislarse de los compañeros malintencionados y en su época adulta para guardar ese lado secreto que todo el mundo tiene y que pretende mantener como un mecanismo de defensa personal ante la vida.

La habitación de Daniel en nuestro piso puede considerase como una estancia bastante convencional. Está amueblada de una manera bastante austera. A la derecha hay  un ventanal que da a la parte de los tendederos y donde si uno tiene tiempo, es capaz de escuchar los cotilleos de las vecinas que nos rodean y que cada vez que nos han visto pasar a los dos juntos, comienzan a susurrar sea cual sea la hora, el tiempo o la situación. Al lado del ventanal está la mesa de escritorio de madera conglomerada que sirve para sostener la numerosa cantidad de novelas consumidas por Daniel a lo largo del año. Justo aquel día, encontré un sobre blanco. No dudé en abrirlo y en leer su contenido. Estaba preocupado por él y esa carta me podía dar alguna pista sobre sus intenciones reales.

Hola Raúl:

Sé que te va a parecer rara mi marcha pero he llegado a un momento en el que he de descubrir por mi mismo lo que siento y solucionar entuertos bastante graves que tengo encima. He sido incapaz de contártelo cara a cara pero creo que sin decírtelo todo, ya sé que sabes lo que sucede. Eres como mi hermano y puedo intuir lo que piensas. Es una cobardía escribirte esta carta pero ya eres consciente de mi forma de ser. Te pido, otra vez, disculpas por ello. Bueno, vamos al grano. Huyo por culpa de Jürgen. Sé que cuando él entró en mi vida, todo comenzó a torcerse. Perdóname pero ahora no hay vuelta atrás. Se metió en asuntos turbios y yo le seguí. Me engañaba una y otra vez y a mí no me importó ni lo más mínimo. No te discuto que ahora pienses que soy un verdadero imbécil. Puedes tener razón. El único asunto que ahora me preocupa es poder saber dónde está porque hay gente que me está persiguiendo. Me echan la culpa de sus jugarretas y soy yo, en este momento, el que tengo que dar la cara. Sólo te digo que, esta vez, por favor, me dejes intentar acabar con este tema. Puede ser algo peligroso. También te pido que si en unas semanas no he vuelto, actúes en consecuencia. Sé que puedo confiar en ti sin ninguna duda. Te echaré de menos, hermano.

Un gran abrazo,

Daniel

Volví a dejar la carta sobre la mesa aún más extrañado. ¿Dónde se encontrará Daniel ahora?- pensé para mí. Dejé de revolver en su cuarto y coloqué todo aquello que olvidó aquella mañana. ¿Por qué me habría escrito la carta en lugar de irse sin más? ¿Necesitaba ayuda? ¿Qué más secretos escondía? ¿Qué podría hacer por él? En ese momento rondaban los últimos rayos de sol que precedían a una deseada tormenta de verano que servía como una adecuada forma de purificar la mente y una ayuda para pensar y tomar decisiones de manera tranquila y sosegada. Mañana será otro día. Ahora debo descansar.- pensé mientras cerraba la puerta de la habitación de Daniel.

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