“El perseguidor” de Gabriel Neila en la antología GENERACIÓN SUBWAY II

“El perseguidor” de Gabriel Neila en la antología GENERACIÓN SUBWAY II


 

images

Hoy os dejo una de mis más recientes colaboraciones literarias. Se trata del relato “El perseguidor” que está incluido en el volumen II de la antología “Generación Subway II” (Editorial Playa de Ákaba) y que podéis descargar de forma gratuita desde la página web de la editorial Playa de Ákaba.

Espero que os guste.

DESCARGA GRATUITA DE GENERACIÓN SUBWAY VOLUMEN II

EL PERSEGUIDOR

¿Quién me iba a decir que, a mis años, me enamoraría otra vez en una estación de metro? Sucedió durante un viaje sin importancia, como tantos otros que realizo después de mi forzosa jubilación. Cuando la vi aparecer por la entrada de la estación de Pirámides, mis sentidos se quedaron eclipsados. Su figura enamoraba dejando un rastro de asombro allá por donde iba. Si les soy sincero, aún no conozco su nombre. No me he atrevido a hablar con ella. Si lo hiciera, pensaría que soy un degenerado y, quizás no le falte razón. Por este motivo, y debido a mi falta de valor, me dedico a seguir sus movimientos a lo largo de todas las líneas del suburbano de la ciudad. Son oportunidades únicas que he de aprovechar para admirarla.

Recuerdo que, en el primer trayecto que me topé con ella, venía yo de dejar a mi nieta Laura en el colegio. Andaba despistado porque la criatura comenzó a relatarme, con su típica verborrea, sus planes para aprobar un examen. No le presté mucha atención porque el tiempo apremiaba y tenía que plantearme lo que debía hacer durante esa interminable mañana de lunes, en la que iba a suceder el comienzo de un hecho inverosímil. ¿Ustedes nunca se han visto inmersos en un círculo vicioso del que no saben cómo salir? Yo estoy acostumbrado a este tipo de situaciones.

─Laurita, reina, tendrás que ser un poco más rápida ─le dije intentando ser convincente─. No vamos a llegar a tiempo al colegio, y ya sabes lo enfadada que se pone tu profesora, cuando no estás en la fila a las nueve en punto.

─Abuelo, no me has hecho ni caso a lo que te he dicho, ¿verdad? ─me contestó con mirada inquisidora─. ¡Qué razón tiene mamá cuando dice que no entiende a los hombres! Sois imposibles…

Me callé, me callé con un sentimiento de rabia enorme, me callé sin poder replicar a aquella mocosa maleducada que cuestionaba mi autoridad, me callé porque estoy acostumbrado a hacerlo… La culpa de que mi nieta se comporte así es, sin duda, de mi hija. He de reconocer que las mujeres que me rodean han sido toda la vida unas dominantas, pero tampoco me valdría la pena enfrentarme a ellas. ¡Qué inteligente decisión la de mi hijo Ernesto! Cuando aceptó aquel trabajo en Canadá, pudo liberarse de esta maldita opresión que atenaza a los hombres de la familia.

Nada más dejar a la niña a buen recaudo, me fui paseando hasta llegar a la estación de Pirámides. Sin dudarlo, me dispuse a bajar por las escaleras que llevan a la entrada. La mejor manera de pasar la mañana sería vagabundear, sin tiempo ni lugar fijo, por las entrañas del metro. Es una costumbre que mantengo desde hace mucho. Fantaseo con las vidas de los pasajeros que desperdician unos minutos interminables esperando un traslado hacia sabe Dios donde. También espío sus conversaciones. Es mi manera de abstraerme de una realidad que no me gusta. Tengo muy estudiados a todos los habitantes de este submundo: a primera hora vienen las madres con los niños que van a la escuela, y la atmósfera se inunda de bostezos, legañas mañaneras e ilusión contenida ante lo que está por venir; a media mañana, cuatro despistados esperan solitarios. Es a esa hora cuando me siento más cómodo. Por la tarde, los vagones empiezan a estar atestados de gente que vuelve a casa después del supuesto deber cumplido. Parece que es un submundo falto de emociones, pero se equivocan si piensan esto. Aquí puede ocurrir lo inesperado. De hecho, les recuerdo que, aquella mañana de otoño, me enamoré de forma compulsiva.

La vi aparecer por el vestíbulo de la estación mientras me peleaba con la dichosa máquina expendedora de billetes. Era una mujer de aspecto racial y de unos ojos oscuros que le aportaban una belleza cautivadora. Por su indumentaria debía de ser una estudiante de la universidad. La imaginé viviendo con sus padres en una típica casa de clase media. Se la veía feliz. Quizás estuviera acostumbrada a gustar a los hombres. De hecho, vi un atisbo de picardía en su mirada que, les voy a ser sincero, me excitó sobremanera.

Venía hablando con una chica de su misma edad. Mantuvieron una de tantas conversaciones sin importancia, pero aún no entiendo por qué decidí ir tras ellas, una vez que recargué mi abono transporte mensual. Maldije a esa máquina del demonio por los preciosos segundos que me hizo perder. Solo tuve que caminar un poco más rápido que de costumbre para alcanzarlas

─Pues, ya ves. Yo hubiera actuado como tú ─le dijo la otra chica de forma comprensiva─. La verdad es que has tenido mucha suerte…

De repente, un atronador murmullo de gente que comenzaba a ir y venir sin descanso, me impidió escucharlas. En unos segundos, las perdí de vista. Se unieron a aquel momento de desconcierto varios grupos de fornidos hombres africanos. Pasaron corriendo, desesperados ante la amenaza de los guardias de seguridad, mientras sujetaban grandes bolsas llenas de películas pirateadas que intentaban vender por un precio ínfimo. Nadie presta atención a esta patética escena que se repite un día sí y otro también. Las autoridades prefieren atacar al eslabón más débil de este submundo. Aún sigo sin entender sus razones.

Pasaron los segundos y todo volvió a la normalidad. Me apresuré para comprobar si la bella chica y su amiga no se habían marchado. Hubiera sido una pena perderlas de vista. Por suerte, seguían esperando a lo lejos. Encontraron a un grupo de chicos de su edad y charlaban animadamente. Me coloqué a la debida distancia y no pude más que escuchar:

─¡Menos mal que llega el día de tu cumple pronto, Fran! Ya nos podrás invitar a algo, que te hemos hecho un favor importante, eh ─avisó mi Diosa a uno de aquellos desgarbados chavales.

Me entraron dudas sobre lo que estaba haciendo. Cualquiera pensaría que espiar no era algo adecuado para mi edad. Puede ser que la gente que me rodeaba me lo recriminara. No obstante, no dejé de sentir admiración por aquel rostro angelical. Cuando llegó el tren, me subí tras ellos. No se dieron cuenta de mi presencia. Me situé de manera estratégica, y me dispuse a leer un periódico gratuito que encontré en uno de los asientos. Sin embargo, no fui capaz de concentrarme en la lectura.

─¡Qué sinvergüenzas estos políticos! Yo ya no vuelvo a votar a nadie. A mí no me engañan más ─dijo una señora mayor que se dirigió hacia mí de manera afectuosa.

Le asentí con cara de pocos amigos y con muy pocas intenciones de entablar una conversación. De todas formas, cualquiera que haya montado en el metro de una gran ciudad sabe que estas señoras no son fáciles de contentar. La conversación se avecinaba larga y tediosa, pero nadie me iba a apartar de mi objetivo: adorar a esa mujer sin nombre.

─Yo ya no puedo leer porque estoy cegata del todo, pero ¡anda que no he llorado con las novelas de amor de esa escritora! Ay, ¿cómo se llama? ─Dijo apoyando su mano en mi hombro─. Mi marido me las traía a montones al salir del kiosco. Allí trabajaba el pobre de sol a sol…

 

PRÓXIMA PARADA: CIUDAD UNIVERSITARIA

 

Aquella voz prefabricada interrumpió el discurso de mi compañera de viaje. ¡Menos mal! No tardaríamos más de un minuto escaso en llegar. Salté como un resorte en cuanto vi que el grupo de jovencitos que iba persiguiendo, salía del vagón. Eran las once de la mañana, y aquella chica se dirigía junto con su grupo de amigos hacia la salida. Me entró una repentina vergüenza. ¿Qué hacía yo entre tanto joven? ¿Tendría el valor de seguirles hacia su facultad? ¿Me dirigiría hacia ella para explicarle mis intenciones? No lo hice entonces porque no me atreví. Tampoco hubiera sido razonable cometer esta locura. Soy un hombre de sesenta años, ¡demonios! Debería estar pensando en cómo pasar lo que me queda de vida de una forma tranquila. Lo mejor sería que buscara alguna afición más acorde a mi edad.

Sin apenas darme cuenta, pasaron un par de horas. Debía volver a casa. No paré de darle vueltas a lo que acababa de pasar. Mi obsesión llegó a límites insanos. Aquella chica sin nombre apareció en mis sueños susurrándome sensuales frases llenas de amor eterno. Confundí la realidad con la ficción. También aparecieron, de forma repentina, unas voces muy extrañas dentro de mí. Me intentaban convencer de que debía dar un paso más allá.

─Esa chiquilla arderá de deseo por ti, Javier. Las mujeres, a su edad, necesitan tener una aventura con un hombre de mundo como tú ─me explicaba una y otra vez aquella extraña voz que surgía de Dios sabe dónde.

No me digan por qué le hice caso. Durante unos días seguí preparando mi plan. Mi presa me lo puso fácil. Era una chica de costumbres, así que no me costó trabajo volver a verla y estudiar su rutina. El metro le servía de transporte para llegar a multitud de sitios. Cumplía el ritual que miles de jóvenes llevan a cabo durante la semana. A pesar de que los diferentes gobiernos de turno legislaran de forma caótica, el metro seguía siendo el modo de transporte más económico y popular para ellos.

Al cabo de unos días descubrí que vivía cerca del colegio de Laura, puesto que era su punto de destino y de llegada más normal. La acompañé, sin que ella se diera cuenta, hasta la universidad, hasta las zonas de copas de Madrid, hasta el centro… Siempre supe que escondía mucho misterio en sus ojos. La vi sola, acompañada de amigas, de amigos que bien podrían ser sus novios y de chicos a los que miraba de manera altiva. Era algo normal para su edad. Podría perdonárselo. Mi segunda esposa también era así y, con el paso de los años, su carácter se fue dulcificando.

Pensé que lo mejor para llamar su atención, sería redactar una carta sincera donde explicara mis sentimientos de la forma más clara posible. Como soy un hombre pasional, anoche mismo la escribí. Las palabras salían de mis entrañas de manera tempestuosa.

 

Estimada señorita:

 

No sabes quién soy, pero he estado muy cerca de ti durante este tiempo. No sé como explicarte por qué debes conocerme. No soy el tipo de hombre que esperas: soy mayor, pero con alma joven; no soy guapo, pero nunca me han faltado las mujeres; tengo el futuro asegurado y me encantan las aventuras. Quizás te desconcierte esta carta y pienses que soy un simple loco. A pesar de esto, creo que podríamos ser felices juntos. ¿Me das una oportunidad? Haz una simple señal y me acercaré a ti. Si no quieres conocerme, lo entenderé.

 

Tu admirador secreto,

Javier

 

Hoy es el día en el que voy a cumplir mi plan. Le dejaré la carta en el asiento donde suele sentarse. Seguro que tendrá curiosidad y abrirá el sobre. Todas las mujeres son unas cotillas, en realidad. A la hora de costumbre, me dispongo a bajar por las escaleras que dan entrada a la estación. Saludo con un gesto desganado al guardia de seguridad, que ya es como un conocido más. Todo se va desarrollando tal y como lo tengo previsto. Me siento en el primer banco que encuentro, en espera de que aparezca nuestro metro: el de las diez de la mañana.

La chica de mis desvelos aparece repentinamente. ¡Qué guapa está! Queda un simple minuto para que llegue el tren. Noto como me mira de reojo. Mis nervios comienzan a acentuarse. En cuanto llega el tren, no dudo en subirme para dejar en el sitio adecuado el documento que traigo entre manos. Sudo tanto que debo procurar mantener la carta en perfectas condiciones. No seré capaz de enamorarla si se la entrego húmeda y con un olor sospechoso.

Mi Diosa se sube al tren detrás de mí, pero el teléfono móvil le suena. Ahora concentra la atención en su interlocutor. Se sienta, pero no presta ni la más mínima atención al sobre que le he preparado. ¡Joder! Deseo que esa conversación termine cuanto antes, pero la suerte no está de mi lado. Llegamos a su destino: la estación de Callao. Aquella niña se levanta mientras sigue inmersa en su conversación. Acto seguido comienzo a dar golpes contra el asiento. La gente me mira extrañada. Cierro los ojos y me quedo traspuesto.

 

PRÓXIMA PARADA: BANCO DE ESPAÑA

 

Esa maldita voz me despierta. El vagón está casi vacío. Se bajan algunas personas y suben otras. De repente me doy cuenta de que alguien ha dejado un sobre a mi lado. Mientras me desperezo, comienzo a abrirlo. Si es mi carta, más me vale guardarla. No es cuestión de que vaya corriendo de mano en mano por los pasajeros de aquella línea del metro. Dice lo siguiente:

 

Estimado desconocido:

 

Te he estado esperando durante dos estaciones, pero tengo que marcharme ya. La verdad es que no soy consciente de conocerte, pero me resultas atractivo. El único problema es que estoy casada. ¿Te atreves a tener una aventura conmigo? Te espero mañana en la salida de la estación de Gran Vía, cerca de la Casa del Libro. ¿Conoces el lugar? Lleva esta carta en la mano. Así te reconoceré.

 

Te espero,

Claudia

 

Leo estas palabras con avidez. Ahora se abre una posibilidad desconocida ante mí. Esa tal Claudia cree que soy atractivo. Soy el cazador cazado. ¿Me atreveré a correr esa aventura y a olvidar a la jovencita de la estación de Pirámides? Seguro que si explico esto a cualquiera de mis amigos, no lo entenderán. Yo ya se lo tengo dicho. Si viajarais conmigo más a menudo, os daríais cuenta de que, en cualquier momento, puede ocurrir algo inesperado.

 

+ No hay comentarios

Añade el tuyo