El mundo real

El mundo real


El mundo real

Como en el cuento de Monterroso, cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. También el resto de juguetes que había ido acumulando año tras año justo después de cada acogida. Ahora volvía a sentirse solo. Las sonrisas que inundaban la casa han desaparecido ya desde hace mucho tiempo. “Debo volver a actuar” pensé entonces.

La gente no disfruta de los niños. No entiende ni su forma de actuar, ni su lucidez, ni sus ojillos inquietos, ni absolutamente nada. Conmigo están a salvo de los peligros y ellos lo saben. Me lo agradecen con sus ¡cómo mola! y esas frases que me levantan tanto el ánimo. A menudo duermen en mi cama e incluso me proporcionan un bienestar que hace que me sienta provechoso.

Fue al ver al pobre Nico de esa manera cuando mi corazón no pudo más. Tenía que buscarle un compañero de juegos. “Así, poco a poco, volverá la luz a esta casa” me convencí. Le dejé desayunando su tazón de cereales favoritos y me dispuse a salir de casa. Tuve que mantener un silencio bastante medido según bajaba las escaleras que conducían al portal. Las dichosas miradas de esas cotillas que tengo por vecinas me molestaban hasta grados extremos. “Cualquier día cometo una locura” apunté mentalmente.

 

Tenía el colegio más cercano a unos diez minutos en autobús. Después de meditarlo durante algún tiempo, caminé en una total paz preparando mi plan para que todo pudiese salir a la perfección. Pude comprar también unos caramelos y unas chucherías en la primera tienda de chinos que estaba abierta a esas horas lo cual no era nada difícil.

Cuando llegué, los niños comenzaban a salir del colegio. Allí estaban con sus uniformes de color verde. Ellos, con ese jersey y ese pantalón, que se parecen unos auténticos hombres de negocios. Ellas, con su falda plisada, que me recuerdan todavía a las pobres estudiantes de internados ingleses. No me digan porque les tengo tanta tirria pero es algo superior a mis fuerzas, sí señor.

Me inmiscuí en una conversación de madres y ellas me escucharon de manera muy educada. Para eso estaba enfrente de un colegio de pago. Entre móviles de última generación y palabras edulcoradas, aquellas mujeres se fueron despidiendo al poco tiempo. Cuando el patio del colegio se iba quedando desierto no pude más que dirigir la mirada hacia un querubín que se encontraba solito en la puerta. Tenía que hablar con él

– Hola, tu mamá no ha podido venir a buscarte, ¿no?

– Siempre hace lo mismo. Es una tardona. Ya estoy harto.

– Uy, no digas eso. Seguro que tendría algo importante que hacer. ¿Quieres una chuche? ¿De estas cuál te gusta más?

– ¿Y tú quién eres? Mi abuela me ha dicho que no debo hablar con desconocidos.

– Soy un amigo de tu papá. Mi hijo también estudia aquí y he venido a hablar con su profesora. Es un estudiante muy malo. Le voy a castigar en cuanto llegue a casa.

– Hay un chico en mi clase que estudia fatal. Se llama Sergio Guerra. Ha suspendido todos los exámenes de este curso.

– Ése es mi hijo, premio para el caballero. ¿Por qué no te vienes conmigo y le ayudas a hacer los deberes? Ahora está en clase de fútbol pero vendrá pronto.

– Jo, ¡vale! Así me defenderá en los recreos. Nadie se meterá conmigo. ¡Guay!

¡Qué fáciles de convencer son los pobrecillos! En cuanto le di la mano, sus ojos brillaron de alegría. Fuimos caminando por las arterias principales de la ciudad sin prisa. Mi nueva adquisición me iba contando las peripecias de su jornada con una energía inusual para su edad. Sin duda, acababa de encontrar un compañero de juegos ideal para Nico. Y éste no se escaparía como los demás niños que desaparecieron aquel fatídico momento que no quiero ni recordar. Se marcharon sin dejar rastro. En este caso, estaba claro que la mirada de aquel tierno personajillo irradiaba confianza.

Y la verdad es que hasta aquí es lo que recuerdo, señor agente. Fue cuestión de llegar a mi casa y se formó un barullo bastante grande. Policías, gente abucheando, las dichosas cotillas que me querían agredir,…, en fin, que me superó la situación. Me desmayé, lo reconozco. Pero le juro que no he hecho nada malo. ¿Tan raro es que acoja en mi casa a unos niños durante un tiempo y que les de lo que sus padres son incapaces de hacer? Créame, por favor.

– Suficiente, señor Garrido. Acto seguido se procederá a su detención en el calabozo de la comisaría hasta que se le asigne un abogado de oficio. Se le acusa de tenencia ilícita de pornografía infantil y de tentativa de secuestro. Dentro de una hora podrá hacer una llamada a cualquier número que usted desee. ¿Le queda alguna duda?

– Se está cometiendo una injusticia conmigo, señor agente.

– Eso ya lo decidirá el juez, señor Garrido. Venga conmigo y déjese de cuentos. La literatura es para los escritores. Estamos en el mundo real y lo que ha hecho es algo grave, muy grave.

2 Comentarios

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  1. Víctor [Visitante]

    La palabra “acogida” abre el cuento como un interrogante que va resonando más y más según se avanza en el texto, adquiriendo todo su terrible significado cerca de la conclusión. A mi juicio, todo un acierto, especialmente porque conduce a una segunda lectura, lo mejor que le puede ocurrir a cualquier obra.

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