“El mendigo de la estación de metro”, relato de Gabriel Neila en Generación Subway 3

“El mendigo de la estación de metro”, relato de Gabriel Neila en Generación Subway 3


banner_generacion_subway-1EL MENDIGO DE LA ESTACIÓN DE METRO

-Gabriel Neila-

            El último día que vi a Manuel se encontraba de rodillas en la salida de la estación del metro de Tribunal como tantas otras mañanas. Esta escena ha formado parte de mi rutina desde que tengo uso de razón. Ahora que él ya no está, el trayecto que hay desde la estación hasta la librería donde trabajo es muy diferente. La verdad es que le echo de menos. Era muy agradable intercambiar con él un par de frases cordiales. En su momento, me dijo que había situado su refugio en ese lugar porque le causaba confianza estar cerca de su antiguo trabajo. Según él, fue uno de los mejores conductores de metro de la ciudad hasta que un extraño suceso cambió su vida por completo.

Le conocí durante el primer verano en el que estuve ayudando a mi padre en la librería. Después de haber aprobado sin problemas el curso escolar, mi madre me obligó a aprovechar las mañanas de los meses de julio y agosto en el que, tiempo después, ha sido el próspero negocio familiar. Salía de casa a las nueve de la mañana y me encaminaba hacia aquel lugar para “aprender la profesión”, como decía mi padre. Fue entonces cuando comencé a adquirir gusto por la lectura. Los largos trayectos de metro me obligaron a llenar el tiempo libre con mis primeros libros, que iba escogiendo de entre las múltiples devoluciones que había que organizar de forma semanal. Durante uno de aquellos trayectos, me topé con él y comenzamos a hablar.

Manuel me sorprendió al contarme que solía dormir en el vestíbulo de la estación, donde se encuentran las máquinas expendedoras de billetes, pero que ahora pasa la mayor parte del tiempo a la intemperie. Da igual la lluvia, el sol, el frío o el calor. Los tiempos cambian. Vinieron nuevas remesas de vigilantes subcontratados con sueldos míseros, y que no se andan con las mismas contemplaciones que sus antiguos compañeros. Por si esto fuera poco, aquel pobre hombre siempre ha tenido que hacer frente a miradas lastimeras y temerosas de personas que huían de él como si fuera un apestado. Lo que ellos no se molestaron en saber es que Manuel fue víctima de una de las últimas crisis que sufrió este país, y que tenía una historia personal muy tormentosa.

Mi padre comenzó a hablar con él durante una de las mañanas de aquel verano. Con el paso del tiempo surgió una amistad repentina y muy duradera entre nosotros tres. Nuestras reuniones siempre eran curiosas y placenteras. De hecho, cuando yo terminaba mis clases en la facultad, mi primer destino, antes de llegar a casa, siempre era la librería. En uno de esos encuentros Manuel nos confesó que era un verdadero amante de la literatura. Mis prejuicios se habían confundido otra vez. Detrás de ese aspecto desaliñado, pudimos conocer a un hombre que se emocionaba al hojear los libros de la sección de novedades, y que no podía evitar la alegría cada vez que escuchaba, en el pequeño transistor de mi padre, el programa que dirige el poeta más famoso de nuestro país, Javier Losada.

─Don Gerardo, esto sí que es buena literatura ─le dijo a mi padre después de terminar un coloquio que versaba sobre la figura de Miguel de Cervantes─. Ninguno de esos jovencitos que vienen por aquí llegará a la altura de don Miguel. Escribir es algo muy complicado y ahora cualquiera se cree que puede publicar un libro. Yo, de joven, escribí unos cuantos poemas horribles, pero lo dejé cuando mi vida se echó a perder.

La curiosidad nos venció. Tan pronto como Manuel hubo vuelto a sus quehaceres, mi padre y yo comenzamos a trazar un plan para ayudarle. Además, también queríamos conocer el secreto de nuestro nuevo amigo, y que nunca se atrevió a contarnos.

Durante su siguiente visita a la librería, le propusimos que volviera a retomar su faceta de escritor. Él no aceptó de forma inmediata. De hecho puso ciertas pegas, aunque, al final, le acabamos convenciendo. Por nuestra parte tratamos de facilitarle su labor lo máximo posible. Gracias a la buena disposición de otros comerciantes del barrio, reunimos el material suficiente para que él comenzara a escribir una serie de poemas muy cuidados, que adornaba de forma concienzuda con unos impactantes dibujos hechos a bolígrafo. Cuando nos los entregó, no pudimos contener la emoción. Nos gustaron tanto que no dudamos en pedirle permiso para venderlos.

─Es la mejor forma que tenemos de ayudarte, Manuel ─le dijo mi padre con verdadera convicción─. Vamos a hacer una pequeña colección que se llamará “Los poemas de Manuel”. Tengo un buen amigo de la época de la universidad que los puede imprimir y plastificar en forma de marcapáginas. Yo me encargo de prepararlo todo. Tú no te preocupes.

─Don Gerardo, no sé si mis cuartillas tienen el suficiente valor ─le contestó sin poder disimular el vértigo que le producía esta situación─. A mi lo que de verdad me gusta es leer los libros que usted me presta. Por cierto, tengo que devolverle el de la semana pasada.

─No te preocupes, Manuel ─le replicó mi padre con un tranquilizador gesto de cordialidad─. Ése te lo voy a regalar yo. Por cierto, su autor, Javier Losada, va a venir el sábado para dar una charla en nuestro club de lectura. ¿Te apetecería participar con nosotros?

A los pocos instantes aparecieron dos tímidas lágrimas surcando el rostro de Manuel. Su proverbial timidez solo le permitió pronunciar unas palabras de agradecimiento con un tono de voz nervioso y emocionado.

Esa fue la última vez en la que le vimos. Nos extrañó mucho su ausencia, pero, como estábamos preparando las nuevas sesiones del club de lectura, no tuvimos mucho tiempo para pensar. Fue el día en el que Javier Losada se reunió con nosotros para hablar sobre la presentación de su último libro, cuando volvimos a recordar a Manuel, el mendigo de la estación de metro.

─Cada vez estoy más desanimado con el mundo literario, Gregorio ─nos confesó un triste Javier Losada justo al concluir nuestro encuentro─. La gente ya no lee y le importa muy poco lo que nosotros pensemos. Por ejemplo, ¿cuántas personas han venido hoy por aquí?

─Cada vez menos, Javier. Pero tengo una clientela muy fiel ─ le respondió mi padre haciendo gala de un persuasivo poder de convicción─. Lo verás el sábado. Se han leído tu ensayo sobre Don Quijote y tienen unas opiniones muy interesantes…

─La pena es que no vas a conocer a uno de tus seguidores más especiales, Javier ─les interrumpí sin prestar mucha atención a su discurso─. Entonces sí que recuperarías la fe en tu trabajo.

─Mi hijo tiene razón ─terció mi padre esbozando una sonrisa llena de color─. Siempre escuchábamos tu programa de radio juntos, pero desapareció hace algunas semanas. Se llama Manuel y pedía limosna en la boca de la estación de Tribunal.

Javier Losada nos miraba sorprendidos. No es algo muy normal que un librero le diga a un escritor de su talla, que uno de sus lectores más especiales es un mendigo. Como era previsible, nos pidió más detalles. Era una historia extraña.

Aunque seguimos hablando sobre él durante unos minutos, me di cuenta de que los ojos de Javier no se apartaban de la colección “Los poemas de Manuel”, que mi padre había expuesto al lado de la mesa de novedades. Cuando fuimos conscientes de este detalle, nos dispusimos a enseñarle los poemas y los dibujos que había realizado nuestro amigo. Tras examinarlos con cuidado, nos hizo una propuesta.

─Estos poemas son muy buenos y los dibujos son preciosos ─dijo después de haber cogido varios marcapáginas en los que se podía disfrutar de la obra de Manuel─. Quiero conocer más sobre la vida de este hombre. ¿No hay ninguna forma de encontrarle por el barrio?

Javier se quedó contrariado en el momento en el que supo que, por más que preguntamos por él a los vecinos, nadie pudo darnos datos concluyentes sobre su paradero. Parecía como si se lo hubiera tragado la tierra.

Aún lamento esta situación. A Manuel le haría tanta ilusión recoger el ejemplar que le dejó dedicado Javier. Aquí lo tengo, a buen recaudo, en uno de los cajones del mostrador. Además de tener una portada muy elegante, gracias a un grabado de época que ilustra a la perfección el contenido, destacan las letras negras del título, España en la época de Don Quijote. Era la investigación de una brillante carrera, la de Javier Losada. Recuerdo que nos pidió que se lo entregáramos personalmente si volvía por aquí.

─Pero, por favor, no se os ocurra leer la dedicatoria hasta que Manuel no la vea primero ─nos rogó antes de marcharse─. Ya lo entenderéis.

Pasaron los días y seguimos sin tener noticias de Manuel. Mi padre llamó varias veces a la policía para denunciar su desaparición, pero fue ignorado en sus reclamaciones. Le dijeron que un vagabundo como él podría haber muerto en cualquier extraña circunstancia. Como no conocíamos ningún dato personal suyo, solo pudo darles una rápida descripción física. El funcionario de turno respondió como un autómata.

─No sé si podremos hacer algo con la información que nos ha dado. Ya le llamaremos si conseguimos dar con el paradero de su amigo, señor Martínez…

No obstante, la vida siempre esconde sorpresas que aparecen en el momento más inoportuno. Esta mañana, mi padre me ha pedido que abriera la librería para que colocara los envíos de las grandes editoriales que suelen llegar los lunes. Él debía ir al médico para su revisión rutinaria de todos los años, así que acepté sin pensarlo. Su salud es algo frágil, así que convenía aceptar sus decisiones.

Como de costumbre, me he entretenido tomando un café en el bar que está junto a mi casa para ir ordenando mis ideas antes de comenzar el día. He optado por coger el periódico de la ciudad para echarle un vistazo. La verdad es que casi nunca me fijo en el texto de las noticias. Voy viendo los titulares para conformar un resumen rápido de lo que pasa en el mundo. No obstante, no sé todavía por qué, me he detenido en una noticia que me ha llamado mucho la atención.

ENCONTRADO SIN VIDA UN MENDIGO EN EL BARRIO DE SANTA MARTA

Agentes de policía hallaron anoche el cuerpo sin vida de un mendigo al que no se le ha podido reconocer, puesto que su cuerpo se encuentra en estado de descomposición. Según el servicio de urgencias que acudió al lugar de los hechos, es probable que haya sido víctima de un ataque perpetrado por alguna banda nazi de la zona, tal y como ya ha sucedido en otras ocasiones. Junto a su cadáver se han encontrado sus únicas pertenencias: una mochila ajada, un ejemplar de Don Quijote de la Mancha y un cuaderno escrito con una letra ilegible. Solo se ha podido distinguir con claridad la siguiente frase:

“Ven, muerte, tan escondida que no te sienta venir, porque el placer de morir no me torne a dar vida.”[1]

Aún tengo una sensación extraña dentro de mí. He leído un par de veces la noticia porque sigo sin creérmela todavía. Sin duda están hablando de Manuel. Creo que no le voy a contar la noticia a mi padre por ahora, porque no sé cómo se la va a tomar. Mi cabeza sigue dando vueltas. Antes de entrar en la estación de metro, he pensado en la cantidad de mendigos que existen en esta ciudad. Hay demasiados. Al salir de la estación de Tribunal, he podido comprobar que ya había un hombre que ocupa el sitio de Manuel. Cuando me ha visto, se ha dirigido hacia mí con sigilo.

─¿Puede usted ayudarme, por favor?

Le he pasado hasta el almacén de la librería y le he ofrecido un café caliente. Voy a echarle una mano. Estoy seguro de que si Manuel me estuviera viendo, estaría orgulloso de mí.

 

[1] Cita extraída de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha del capítulo XXXVIII.

 

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