Decisiones que cambian la vida

Decisiones que cambian la vida


¡Hola a tod@s!

Hoy os dejo, después de tener mucho tiempo abandonada esta sección, un nuevo relato mío que está incluído en la antología Generación Subway 7 que ha publicado la editorial Playa de Ákaba. En este volumen se homenajea la figura de la archiconocida autora inglesa Virginia Woolf. El título del relato es “Decisiones que cambian la vida” y se basa en la cita que os dejo a continuación extraída de la obra de Woolf La señora Dalloway. Espero que os guste.

DECISIONES QUE CAMBIAN LA VIDA

“Uno no puede traer hijos a un mundo como este; uno no se puede plantear perpetuar el sufrimiento, ni aumentar la raza de estos lujuriosos animales que no poseen emociones duraderas, sino sólo caprichos y banalidades que ahora te llevan hacia un lado y mañana hacia otro.”

Virginia Woolf, La señora Dalloway

 

No estoy de acuerdo con esas personas que piensan que los libros son un simple entretenimiento. Muchas veces te ayudan a tomar decisiones vitales que te persiguen de forma cruel. Yo misma les puedo servir de ejemplo. Aquí me tienen, leyendo una novela de Virginia Woolf, una escritora profundamente revolucionaria, e intentando buscar en sus palabras una solución para mis problemas.

¡Quién lo hubiera imaginado! Yo, Carmen Pozuelo, la hija perfecta, la mujer discreta y la trabajadora responsable, por fin trato de rebelarme ante las injusticias que he soportado solo por mi condición sexual. Ya ha llegado el momento en el que debo elegir entre lo que se espera de mí y lo que realmente quiero.

Tardé en darme cuenta de que la gente de mi alrededor no entiende mi estilo de vida. Sí, lo confieso. No me he casado aún porque me repelen los hombres. Odio esa forma tan impulsiva de comportarse de la que son dueños. Me disgustan su nula capacidad de razonamiento y su falta de empatía. A pesar de estos inconvenientes, acabé conviviendo con Gustavo porque no fui capaz de deshacerme de la presión social. Acordé con él algunas cuestiones básicas. No nos meteríamos en los asuntos del otro, a no ser que fuera estrictamente necesario. De cara a la galería se nos podría considerar como una pareja; de puertas para adentro, éramos dos personas con universos distintos. Era el trato más justo para los dos.

Lo que nunca llegué a imaginar es que la sociedad me obligara a cumplir ciertos ritos, solo por cuestiones de tradición y por mantener el estatus. Cumplí los treinta y cinco hace nada y, desde entonces, me he visto inundada por comentarios del tipo, “¿y para cuándo os ponéis a lo de los niños?”. A pesar de la presión, he sido capaz de sortear muchos obstáculos para así mantener mis propios ideales. No sé cuidarme, así que difícilmente podré criar a un ser humano que dependa de mí en todo momento.

Y eso es lo que le voy a anunciar a mi familia en el día de hoy. No pienso perder esta oportunidad que el destino me regala. Por eso será mejor que deje de leer. Tengo muchas cosas que hacer. Hemos quedado para celebrar el cumpleaños de mi madre en mi casa. Sé que, a primera vista, anunciar una noticia como esta, durante una reunión familiar, puede parecer un tanto cruel, pero creo que lo acabarán comprendiendo. Siempre dicen que los padres quieren lo mejor para los hijos, ¿verdad? Pues ahora les toca a ellos demostrar su amor y sus ganas de permitirme ser yo misma. En el fondo me envidian, así que ya veremos si responden de forma positiva a mis intenciones o no.

Gustavo no me va a ayudar en nada de lo que le pida, así que más me vale ponerme en funcionamiento. Tengo que comprarme un vestido nuevo para la ocasión y quiero encargar algo para la cena. Soy una nulidad en la cocina. Por eso no me queda otra opción que comprar un par de platos en el restaurante en el que estuve comiendo la semana pasada, y citar a mis invitados a la hora exacta. Los preparativos se me dan fenomenal. Por eso no dudo en entretenerme para crear el mejor ambiente posible. Quizás las malas noticias sean más llevaderas de esta forma.

¡Las flores! ¿Por qué demonios Marisa no las ha comprado? Tengo que recriminarle su falta de buen hacer en cuanto la vea. Le confié ya hace años los cuidados de mi madre y, al mismo tiempo, la intendencia diaria de mi casa. Odio cumplir con las tareas rutinarias y, como ella necesitaba dinero, la contraté de inmediato. Como tantas otras veces, me ha vuelto a desilusionar, pero he de seguir adelante. Lo mejor será que me de una vuelta por el centro comercial y comprar allí lo que necesito. No suelo ir mucho por ese tipo de lugares, pero no creo que me ocurra nada. Si Marisa está acostumbrada a hacerlo, ¿por qué yo no podría lograrlo?

Voy bajando con parsimonia por las escaleras que llevan desde las habitaciones de mi casa hasta la entrada. Recapitulo lo que tengo que hacer para no olvidarme de nada, cuando me doy cuenta de que mi móvil está sonando. Meto la mano en mi bolso hasta dar con él. Me llama Ramiro, la actual pareja de mi madre. Es un capitán del ejército venido a menos. La verdad es que creo que no ha asimilado bien la jubilación. Siempre anda dándole la monserga a Gustavo con sus batallas de juventud, cuando nos reunimos. No voy a contestarle. No es bueno entrar en tensión el día en el que vas a confesar a tus padres una verdad que llevas mucho tiempo ocultando.

Me cuesta encontrar un taxi para que me lleve al centro comercial, y eso que estamos a media mañana. Me maldigo a mí misma por haberle dado el día libre a Margarita. Aparte de venir a mi casa los días que no está Marisa, es una mujer verdaderamente especial. Sé que, con solo mirar sus ojos, un día malo puede convertirse en algo mucho más llevadero. Me enamoró desde el primer instante en el que la conocí, pero nuestra historia es imposible. Recuerdo sus formas tan delicadas, y sus maneras reverenciales el primer día que vino a casa. Había hecho un viaje en metro de unos cuarenta minutos y no me contuve. La reprendí por haber corrido el riesgo de mezclarse con esa gente tan peligrosa que pulula por los transportes subterráneos.

Después de un largo rato, consigo parar a un taxi cualquiera de los que pasa por la calle. El taxista comienza a hablarme sobre no sé qué tonterías. Apenas le presto atención. Comienzo a fijarme en la gente que va paseando. Estamos inmersos en la temporada navideña y multitud de familias van despreocupadas por la calle, sonriendo como si la vida se fuera a terminar mañana. Hago un breve repaso mental sobre lo que debo decir en la celebración y sobre cómo debo comportarme.

Sin apenas darme cuenta, llego al centro comercial. Hordas de personas van sorteando miles de obstáculos para hacer las compras que necesitan. La publicidad inunda el ambiente. No tardo mucho tiempo en escapar de allí porque comienzo a sentir una sensación de agobio muy difícil de describir. Aún así, las flores que he elegido son preciosas y los platos de comida tienen una pinta muy apetecible. De esta forma, solo me queda colocar todo lo necesario y esperar a que mis invitados lleguen.

A mi madre le entusiasmará lo que voy a preparar. Es una mujer muy detallista y siempre le han encantado las fiestas familiares. Creo que las mujeres de su edad fueron educadas para preocuparse por este tipo de eventos, en lugar de por las cosas más relevantes. De hecho, si le preguntas por la gente que pasa dificultades a su alrededor, responde con evasivas, y echándoles la culpa por no haberse preparado lo suficiente. Parece como si viviera en una burbuja de la que le es imposible escapar. En parte yo he heredado su estatus y su situación desahogada, pero no duden en que si los más necesitados me necesitan, allí me tendrán para echar una mano.

El tiempo va pasando inexorablemente. Cuando tengo todo listo, Gustavo llega a casa. Me cuenta que Ramiro le ha llamado para preguntarle donde estaba yo. No le presto demasiada atención hasta que me pregunta si hoy va a ser el día definitivo. Le doy evasivas hasta que se planta delante de mí y me amenaza. Nunca le había visto reaccionar de esa manera antes. Sus ojos me causan miedo. Me dice que si no reacciono, me dejará tirada. Bajo ningún concepto quiero que nuestra vida, llena de apariencias, se termine. Por ahora solo les diré a mis padres que no pensamos tener hijos, pero me da miedo que a Gustavo se le crucen los cables y acabe por cometer un error del que no me pueda recuperar.

Llegan las siete de la tarde. El ambiente entre nosotros se calma, a pesar de que mis nervios me atenazan sin remedio. Pasados unos minutos Ramiro y mi madre llaman a la puerta. Salimos a recibirles con una sonrisa fingida. Mi madre luce sus mejores galas, pero Ramiro anda pesaroso. Los dos se interrumpen mutuamente para pronunciar algunos cumplidos sin importancia. Se los acepto de forma educada. Gustavo está encantador, como nunca antes le había visto. Comienzo a dudar sobre si voy a hacer lo correcto.

Noto a mi padre un poco más tenso de lo habitual. Mientras mi madre ayuda a Gustavo a servir la comida, me siento junto a él. Sus lágrimas humedecen sus mejillas de forma inmediata. Me cuenta que uno de sus amigos íntimos de juventud se acaba de suicidar. Se ha lanzado al vacío por la ventana de su casa. Era un soldado curtido en muchas guerras. Había recorrido medio mundo y, a pesar de su experiencia vital, cayó en una emboscada difícil de sortear. Le cortaron una pierna después de aquel suceso. Lo peor es que no fue capaz de acostumbrarse a ser un ser dependiente. Se volvió loco sin remedio.

No sé por qué, pero me veo reflejada en la historia de ese pobre hombre. Me preocupo tanto por el qué dirán los demás, que me he olvidado de ser feliz. Mi padre me sigue contando la vida de su amigo y, a cada frase que va pronunciando, se me hace un nudo más gordo y consistente en el estómago. El peor momento viene cuando me confiesa que le entregó una carta de despedida la última vez que lo vio, pero que aún no ha sido capaz de leerla. Le acaricio para tranquilizarle, pero él me pone más nerviosa, cuando me confiesa que alguna vez ha pensado en quitarse de en medio. Se le ve convencido al afirmar que si uno no es capaz de cumplir con la vida, es mejor desaparecer.

Mi madre nos interrumpe de forma repentina. Es la hora de comer. Lo dice a gritos y sin darse cuenta de que su tono de voz es estridente y ciertamente molesto. Lo utiliza como una manera de llamar la atención. Nos vamos sentando a la mesa como autómatas. Ramiro va trayendo los platos a duras penas, y soporta con una sonrisa las órdenes que profiere mi madre con bastante mala educación. Le miró con cara de vergüenza ajena y le pido disculpas con un pequeño gesto que él reconoce. No me veo con fuerzas para afrontar mi plan, pero tengo que atreverme.

Comemos de forma pausada, aunque sin poder evitar los temas espinosos. Mi madre, con su habitual manera de comportarse, se lanza directa a preguntarme por la relación que mantenemos Gustavo y yo. No tengo más remedio que confesarle la verdad. No tardan en aparecer los reproches y las malas palabras. Me fijo y mi padre sigue manteniéndose en silencio sin dejar de suspirar. Gustavo, por su parte, parece que está en otro planeta. Es ese comportamiento una de las razones por las que nunca me he llevado bien con él. Es un pusilánime y un cobarde.

Mi madre, como buena observadora, aprovecha la debilidad de los dos hombres de la mesa para lanzar despiadados mensajes en mi contra. A pesar de mis esfuerzos, todas las mentiras que logramos esconder Gustavo y yo salen a la luz. De repente, me siento muy cansada. No quiero entrar en otra lucha más con ella. Me callo, me callo como cuando era pequeña y me decían lo que había hecho mal, me callo con un hondo sentimiento de impotencia que me llena de furia…

Es cuestión de tiempo que amaine el temporal. Mis padres salen por la puerta después de un tiempo prudencial. Gustavo comienza a limpiar la mesa sin mediar palabra conmigo. Subo a la biblioteca que es el lugar donde suelo estar más a menudo. La estancia es tan acogedora que me siento a salvo. Comienzo a pensar en el incierto destino que me espera. No entiendo que sea tan difícil mantener a salvo mis ideales por el simple hecho de ser mujer. No me voy a casar con Gustavo, ni voy a tener hijos con él. Deseo con todas mis fuerzas haber nacido hombre para anunciar a todo el mundo que estoy enamorada de Margarita. Hay tantas cosas que ahora quiero decir, que no estoy segura de si merece la pena comenzar a enumerarlas.

Recuerdo la historia del amigo de mi padre. Quizás su método fuera un poco rudimentario, pero le surtió efecto. Se despidió de la vida antes de comenzar a sufrir. Soy consciente de que las presiones que voy a sufrir, a partir de ahora, van a ser muy duras. Estoy sola en el mundo por mi estupidez. He estado más ocupada en sobrellevar mi vida que en ayudar a los demás. Abro la ventana de la biblioteca y me asomo a la calle. Hace un día gélido que no me ayuda a valorar si merece la pena continuar. Cierro los ojos y pierdo, poco a poco, la consciencia. Será mejor dejarme llevar.

 

Gabriel Neila nació en Gijón en 1983. En la actualidad ejerce como lector de español bajo el programa MAEC-AECID en la Universidad de Thammasat (Bangkok, Tailandia) y como profesor de español en la Universidad de Alcalá de Henares. Durante varios años participó en el taller de escritura creativa que dirige la escritora argentina Clara Obligado. Su primera novela, “La vida en minúsculas” (Sial-Pigmalión, 2014), le hizo merecedor del Premio Escriduende 2014 al autor más original y creativo. “Los amores ausentes” (Sial-Pigmalión, 2015) ha sido su segunda obra en la que explora el género del relato. Ha recogido varios de sus textos cortos en la antología personal titulada, “Lo que nunca me atreví a contarte” (Playa de Ákaba, 2017). También es miembro del movimiento literario Generación Subway promovido por la editorial Playa de Ákaba con la que colabora asiduamente. Asimismo, ha traducido al español obras de autores como G.K. Chesterton, Kingsley Amis o Sir Arthur Conan Doyle.

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